clavo tuerca

Tuvieron que pasar tres años para darnos cuenta. Siempre quisimos ser dueños del tiempo, pero lo que ahora nos importa es la distancia. Pienso en esto mientras riego el jardín. Cuando la tierra queda húmeda y me acerco a la escalera para irme, el zorzal se anima a bajar a buscar las lombrices que se asoman. Apenas miro para atrás y el pájaro se detiene. Él también es sensible a la distancia.

Al principio todo fue angustia y perplejidad. Con los meses la energía plural mutó en  mudas contemplaciones interiores. Viajar, conocer gente, festejar con amigos, reencontrar familia perdida o salirse del andarivel de la rutina se convirtió en un riesgo. La espontaneidad era un lujo. Vivir afuera significó cumplir un manual de instrucciones.

Para el primer año de la pandemia todos los lugares ya eran islas. El orgullo del pueblo aislado sin casos se transformó en economías devastadas y en cuestionamientos a las medidas draconianas. Para qué cerrarse si el virus siempre termina llegando, decían, como agua de riego lento que va humedeciendo un jardín.

Y aún dentro de esas islas florecieron clanes que se miraban de reojo, gente entrada en años y en miedos por un lado, y jóvenes apartándose el barbijo para beber, y fumar, y dejar pasar algo por el costado, alguna forma de vida.

Porque en cada casa ya no había un afuera. O mejor dicho, afuera era la pantalla. O peor: afuera eran las redes sociales. Al deseo idiota de tener razón se le había sumado  la crítica instantánea al grupo antagónico. Simplificar es más fácil. Guardarse fue sinónimo de trabajo estatal, ser zurdo y usar el virus como escudo. Salir se confundió con ser demócrata, conserva, osado y estúpido. Para buscar grises hay que tener energía.

¿Recuerdan la fascinación por lo banal? ¿Esa guerra por Stacies o Beckies, marcas, famosos? Todo eso murió. A la gente le importó más conocer quiénes se quedaban y quiénes salían, pero sobre todo quiénes mentían. La prensa los acusó. Los mercados quebraron y resurgieron. El turismo fue provinciano y empezó a morir. El auto le ganó al avión. Quedaron los barcos, esa manera low-cost de viajar, cruzando los dedos para no ser el próximo hospital flotante.

Donde hubo conectividad la vida volvió a los suburbios y cayó el precio del metro cuadrado en las ciudades. Cayeron clubes, deportes, bares, eventos y tradiciones. Algunos ganaron: se empezó a pagar el doble por un take-away recalentado. Bien mirado, nada de esto era distinto a una guerra o a una epidemia de siglos anteriores. Nadie discute el mantenimiento de las catedrales en años de Peste.

En el año dos el asunto mejoró en el Norte, el cielo poblado de aviones de la mano de pasaportes sanitarios embebidos en apps. Cruzar fronteras fue pagar cientos de dólares y abandonar la quimera de la privacidad. Pero en el Sur la mayoría de los países volvieron al siglo XIX. América Latina y África se convirtieron en bolsones de enfermedad que irradiaban virus hacia el norte ante cada oportunidad. Pocas veces el mundo fue tan bipolar.

En los laburos se jugó al reemplazo de tedios. Los viajes a oficinas céntricas se cambiaron por video calls de rostros cansados. El rigor de verse todo el tiempo en la pantalla fue arrugando las caras. Se vendieron «cremas anti-zoom». Las manos huían con velocidad hacia el botón de cierre de cada call. Quienes pudieron elegir abandonaron las empresas y se refugiaron en la vida free-lance, pero allí tampoco estaba la respuesta.

La gente comenzó a desconocerse, las familias a olvidarse de sus miembros, y los viejos a morir en soledad. En escuelas y colegios los alumnos dudaban si sus ex compañeros habían sido reales. «Ya lo fantasmeaste?» se decían unos a otros, como si hubieran sido parejas condenadas a desaparecer.

Estamos en el Año 3. Me pregunto qué es eso de conocer a alguien o de encontrarse en familia. Ya terminé con el jardín y trato de terminar un laburo en mi vieja Mac -cruzo los dedos, que no le pase nada, no hay repuestos-. Por la ventana miro a gente caminando, los ojos entrecerrados contra el sol, sin hablarse, una mueca segura bajo el barbijo. Me pregunto si ya me lavé las manos cuando volví del super. Limpiar, la muerte de la espontaneidad, irse olvidando de todo con cierta dignidad. La radio suena de fondo. Se derrumbaron los índices de natalidad. En los pueblos se celebran matrimonios por conveniencia entre familias vecinas. El gobierno acaba de anular una nueva elección. Dice Bill Gates que la nueva vacuna sale ahora, en Agosto de 2023, y que esta vez funcionará.