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Mientras elongábamos en la pista o en el gimnasio de GEBA, Alonso nos contaba historias casi cronopianas sobre cómo era correr hace 50 o 60 años en Buenos Aires. No existía Lugones, se llegaba al río cruzando una vía y un estero, Figueroa Alcorta era un surco apenas transitado. La gente les gritaba cosas desde los autos; parece que correr era cosa de elites en decadencia o de gente «con problemas». Las mujeres no corrían, eso estaba completamente fuera de la cuestión.

Me lo cruzaba en a Alonso cada tanto, y siempre tenía una palabra amable. Sabía gastarme con altura, miraba cada año los resultados de las carreras de fondo y me «pinchaba» para que por fin bajara las 3h30 del marathon. Me decía «pibe, vos sos joven» y me tiraba que a los 57 años había clavado 3h24 en los 42k. De todas esas conversaciones surgió que Alonso guardaba una caja de recuerdos; con cierta ingenuidad yo le dije un día que quería escribir algo sobre sus anécdotas. Él me miraba muy relajado, como a cien años luz de mis inquietudes, y me decía «después nos tomamos un café».

En los últimos encuentros yo lo hacía bromas, a mi vez, por este café demorado. Creo que él se sentía eterno en la medida en que no entregara la totalidad de sus recuerdos, como si con eso pudiera alargar su cuerda vital. Él me ganó esta carrera: nunca me mostró la famosa caja.

Ayer Alonso murió y yo hoy estamos tristes. Su último deseo tuvo que ver con las carraras, ordenó que sus cenizas fueran arrojadas en Figueroa Alcorta, cerca de la senda de los corredores, en el monumento a William Morris desde donde se larga la carrera de cada Primero de Enero. En fin, Alonso cruzó la meta hacia la muerte; sin medallas, premios, o Gatorades. Supongo que de algún modo Alonso trota aún por Palermo y nos acompaña, todas y cada una de las veces que corremos para olvidar que hay una muerte esperando.