Bakelula

Elephant-Castle

El viaje venía bien. Ya había pasado la conferencia en Dublin en el Trinity College, con ese balance entre entender a otros y dar a conocer la publicación propia. Al final de cada ponencia no se aplaudía, sino que se golpeaba con los nudillos los pupitres de madera: mínimos repiqueteos de espartana gloria académica. El resto del tiempo admiré la cama con dosel del Davenport Hotel, vi gente nadando en el helado río Liffey, y me emborraché en los bares de rigor. Conservo esa imagen de Dublin: el Temple bar atestado de hinchas de fútbol en celebraciones fraternas e inestables.

La escala del regreso fue Londres, y la disfruté con la inocencia del turista novato. Elegí el Lancaster Hotel, no tan caro y cercano al Hyde Park. El desayuno transcurría en silencio, con una mayoría de paquistaníes absortos en sus infusiones o contemplando pretenciosos cuadros de caza en la pared. El hall tenía una alfombra roja minuciosamente sucia, mal cortada en los bordes. Los conserjes se adormecían con facilidad, como si la salita provocara el encantamiento.

Salía cada día sin planear nada. Caminaba hasta el Serpentine, tomaba un café, y seguía viaje hacia todos los Londres posibles. Me acostumbré a tomar la línea marrón leyendo los mapas durante el trayecto. Ni miré los mails: sospechaba que no iba a durar mucho en mi trabajo a la vuelta, pues la crisis de 2001 lo había cambiado todo. Así que tomaba la Bakerloo en la dirección sur y me bajaba al azar, deambulando sin tener mucha idea. Me demoraba en lugares intrascendentes y esquivaba las atracciones principales y las filas de turistas. Al menos sabía detenerme en la National Gallery para mirar los cuadros de Turner, o en St Martin in the Fields para disfrutar ensayos de música clásica. El sonido de vientos y cuerdas parecían amoldarse a las ondas de vidrio que simulaban al Cristo sin cruz del altar. Había tardado media vida en conocer una ciudad ideal a la que probablemente no volvería -el aumento de la libra era constante-. A esas ensoñaciones diurnas en St Martin o en la Gallery se oponían sueños cada vez más raros en la habitación del Lancaster.

El día antes de irme había olvidado una guía Times Out en una cabina de teléfonos. Volví corriendo bajo la lluvia y pude recuperar el librito. Caminé hasta Baker Street, bajé por un escalera que no conocía y me topé en soledad con un busto de Juan Manuel de Rosas. Los bucles caían escasos sobre la frente, dándole un exagerado aire marcial. Aún con el exilio de Rosas en Southampton, me parecía un poco raro encontrar esto, pero seguí adelante; de todos modos el dictador siempre me había caído mal. Cambié de idea a los pocos pasos al ver un enorme cartel que anunciaba “Laboratorio Argentino”.

El pasillo subterráneo se abría a una gran cúpula que atenuaba la importancia del busto. La gente corría en ambos sentidos sin prestar atención. Por la arcada opuesta se bajaba al laboratorio. La curiosidad pudo más, y fui bajando preguntándome si me encontraría con algún conocido de mi época de estudiante en Ciencias Exactas. Por la escalera venía subiendo el doctor Mariscotti, el ya remoto director de mi tesis. Apenas si se sorprendió con el encuentro.

– Hola Daniel, tanto tiempo.

– Doctor, no lo puedo creer. ¿Qué hace usted aquí?

– Hoy se inaugura una muestra del laboratorio. Andá, pasá a saludar a los muchachos. Pero yo me voy, me están esperando en el sur, hay un mercado ahí que te recomiendo, el del Elefante. ¿Viste el busto de Rosas, notable no?

Tenía el impecable saco marrón de siempre. A pesar de su gesto afable lucía apurado. Su apretón de manos duró más de lo usual, me miró fijamente y me dijo por lo bajo “bakelula”. Siguió su camino hacia el andén de los trenes al sur, hundiéndose en la escalera como un buque que se aleja. Ahora me doy cuenta que fue la última vez que lo vi.

Seguí bajando, y ya en la entrada me desconcertó encontrar un logo de la Franja Morada con su estética adaptada a los colores de la línea Bakerloo. En el laboratorio -vasto, circular y casi vacío- encontré a un par de conocidos de mi camada devorando sandwichs en una mesa. Los detectores y las computadoras habían sido empujadas a un costado. Al igual que Mariscotti, nadie parecía sorprendido de verme. No hice el esfuerzo de explicar la coincidencia, ni el hecho de que hacía años que había abandonado la Física.  Dos de los tesistas tenían frentes prominentes, casi un cliché de la inteligencia. Había tres viejitos que discutían un esquema de decaimiento nuclear usando frases infantiles, invocando paternidades entre estados subatómicos. “El uranio se los garcha a todos”, concluyó uno de los viejos, con la familiaridad que provocan el alcohol y el hastío. Me miraron.

-Ustedes están solos acá. Para quién se hace la exposición? No veo gente de aquí.

– Los invitamos, pero nunca vienen. Además hoy ya estábamos cerrando.

Me explicaron que el laboratorio estaba allí desde los años cincuenta, y que lo habían mantenido convenciendo a las autoridades de la ciudad de la continua “puesta en valor” de los túneles. Un plano en la pared describía en varios millones de libras la consolidación del valor inmobiliario. De Física no parecía haber mucho, y si tocamos algún tema de ciencias fue para admitir mi desconcierto. Olvido que aún en sueños jamás hay que admitir ignorancia en el primer mundo.

Me fueron dejando solo hasta que me convencí de irme, y subí las escaleras sospechando que el Conicet estaba otra vez tirando la plata. Al pasar al lado del busto advertí con extrañeza el fulgor de la mirada de bronce de Rosas. Volví de inmediato al hotel, inquieto, y me senté en el hall. Hice como que leía un diario y soporté un tiempo la mirada furtiva del conserje atravesando la alfombra roja. Esa noche apenas cené.

El último día desperté confuso tras más pesadillas, pero había decidido adónde iría. Tomé la Bakerloo más al sur que nunca. Dormité en el viaje y escuché el anuncio automático que se repetía en cada detención. El mensaje concluía diciendo “Bakerloo line”. Por supuesto, me dije, Bakelula. Me bajé en la inmensa estación de subtes y trenes adornada absurdamente por una torre blanca en el lomo de un elefante rosa. No había espacio para la metáfora: el cartel indicaba “Elephant and Castle”, como resumiendo mundos posibles. Ni señales de Mariscotti o de nuevos vestigios de argentinidad que me guiaran en el regreso. Tenía sentido volver? A mi alrededor estaba el mercado, abarrotado de hindúes en turbante y platos exóticos. Ningún signo familiar, nada, solo esa nueva pesadez en mi cabeza y el olor a curry por encima de todos. Me senté en un banco de la avenida, mirando el ir y venir de los buses rojos. Faltaba poco para la hora de mi avión. Allá arriba, hacia el Este, se estaba construyendo un rascacielos muy alto que sugería las torres malvadas de los cuentos de Tolkien.

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