Constitución

Si hubiera alguien a quien hablarle, le diría que esta vez soñé en colores. Añadiría que para compensar las usuales tinieblas, la acción transcurría bajo tierra. Imagino gestos de incredulidad. Debería terminar de aclarar que en mis sueños todo ocurre de noche. No hay luces naturales o artificiales; esto lo atribuyo a mi feroz miopía original que persiste décadas después, reclamando el lugar que ha perdido en la vigilia. En mis sueños cada objeto emite un resplandor muy débil que alcanza para nutrir los contornos y poco más. Pero esto exige que con frecuencia deba acercarme a cada letrero, cada detalle, cada rostro, para que ese pequeño fulgor, que se atenúa muchísimo con la distancia, me sirva de algo. Esto cansa, e invariablemente -al revés que en la vigilia- el continuo acercarse a los objetos para verlos mejor hace que me despierte aún de sueños interesantes, y que me despierte con fastidio, culpando a viejas miopías de nuevos insomnios.

Aceptada esta rareza, esta vez soñé que con un grupo de compañeros del Pío IX cruzábamos por la galería que está en Constitución, atravesando de lado a lado una manzana entre Bernardo de Irigoyen y Tacuarí. Esto queda a dos cuadras de donde yo vivía cuando era chico. Será que el mapa mental que guardo de esta galería se mantiene intacto, y que tal vez por eso esta vez se apreciaba el conjunto con alguna luz. Los negocios habían cambiado o estaban abarrotados de ruinas: no hace falta decir que esto ha ocurrido en la realidad. Mis amigos comentaban la horrible estética del lugar, la mampostería, la futilidad del entrepiso, y los negocios ominosos. Yo defendía la simpleza de la galería, guiaba al grupo entre las ruinas y contaba anécdotas de bares, peluquerías y amigos que vivían cerca. Sentía, creo, una vaga vergüenza por el origen, que nos apena algo y se atenúa con los años -pues si bien uno va conociendo lugares mejores, nunca lo hará con la intensidad que otorga la infancia-.

No se veían casi paseantes alrededor. Bajo el entrepiso me agaché a mirar, sorprendido, un negocio abandonado. Todavía se entreveía en la mercadería desordenada un mostrador con viejas guías telefónicas, y un anaquel con biblioratos. El Rulo, Javier Lescano, Filippini, Quini y algunos más me esperaban escalones más arriba, discutiendo adónde iríamos a comer. Aún agachado, lloré tapándome la cara para que no me vieran. Era puro dolor por el barrio, la sociedad, y los años. No había espacio para metáforas ni para achacar culpas. La galería dolía, y las anécdotas no mitigaban nada. El grupo se dispersó caminando hacia Tacuarí, mientra yo me quedaba envuelto en el sueño del lado de Bernardo de Irigoyen.

4 Comments

  1. Daniel Collico Savio, siempre te leo pero, como sabés, he comentado poco y nada.
    Ahora te consulto: esa galería de la que hablás entre Bernardo de Irigoyen y Tacuarí, ¿cerca de qué calle estaba?¿Existe todavía?
    Te cuento que tengo una tía que vive exactamente en esa zona y he pasado bastante por ahí, pero no recuerdo la galería.
    Un abrazo.

  2. Hola Roberto, la galeria todavía existe. Está en una cuadra larga entre Garay y Cochabamba, y como queda dicho tiene salidas por B Irigoyen y Tacuarí. Pleno Constitución, total decadencia.
    Un abrazo!

  3. En esa galería estaba la peluquería de La Piru, la peluquera de mamá que mes tras mes atacaba su pelambre indómita repitiendo el mismo tusaje. Recuerdo perfectamente el lugar, en medio de la galería siempre fresca aún en verano, la peluquería era un precioso remanso de colores fuertes, revistas viejas, olores penetrantes y caras muchas caras de vecinas que luego reencontrábamos en el mercado, en el Minimax o en el cine Constitución. Me gusta cómo escribís porque revelás qué pasa en en interior de Daniel.

  4. La galería debería haber conectado con el Inframundo de los mexicanos.

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