clandestina

Acabo de recibir múltiples estímulos en paralelo acerca de cuestiones parecidas, a tal punto que poseen nombres similares. El lector advenedizo creerá ver en esto una alineación de planetas y buscará un significado subyacente, una clave esencial, o el Zahir borgiano que revela el Universo. No tanto, lector, no esperes tanto.

Primera idea: una nota reciente de El País sugiere que el deporte –y no las medicinas- curan y que la capacidad de sobrevivir está ligada inequívocamente a no estarse quieto. No hay grandes sorpresas. El artículo comienza mal, agarrándose de datos aislados de centenarios marathonistas y esas cosas. Pero termina mejor: el deporte no solo cura, es prevención. Y en el límite, midiendo la velocidad de los ancianos al caminar se puede saber cuánta vida les queda. Somos acaso un juguete a cuerda? Sí, exactamente eso. Nuestro porvenir depende de nuestras mitocondrias, dice uno de mis blasones heráldicos favoritos.

Segunda cuestión: tras un ACV o acontecimiento similar lo primero que queda afectado en los ancianos es la capacidad de coordinar la caminata.  Se los ve vacilantes, poniendo con dificultad un pie después de otro. Los médicos se refieren a esto como “marcha lenta”. Hace unos años mi madre padeció este síndrome. En una negación absurda de la realidad, yo me empeñaba en sacarla a caminar, sujetado a ella: yo era su esqueleto, su metrónomo, más que su hijo. Los viejos del Instituto me miraban como si yo fuera el loco. Aún no descarto esa teoría.

Tercer input: los fanáticos de los marathones van más allá e incursionan en las llamadas “carreras ultra” de más de 42 km. Le pregunté una vez a estos fenómenos cómo calculan qué tan rápido hay que salir, si el cansancio posterior es inimaginable. Mucho más lento que el paso de marathon, acaso? “Ese es el arte” me dijo uno, “saber qué tan lento te resulta cómodo correr, sin que te sea mecánicamente incómodo”. Mi regla de corredor-planillero me indica bajar un 10% el ritmo por cada vez que se duplica la distancia: un dato parecido a un cero para el público sedentario. Sigamos.

Cuarta cosa: Stephen King escribió bajo un pseudónimo la recomendable novela The Long Walk. Se trata de una ciencia ficción distópica, en la que Estados Unidos posee un régimen totalitario, y donde cientos de jóvenes compiten bajo una única regla: caminar a un ritmo de 4 millas por hora todos los días. Quienes no lo hacen son advertidos y luego eliminados por el ejército apostado al costado del camino. Cómo sobrevivir? Gana el más constante, el más rápido, el que consigue glucosa? Lea el libro.

Quinta cuestión: los cohetes chinos, tan de moda ahora que finalmente han llegado a la Luna, se llaman “Long Marcha”, en homenaje a una brutal demostración de poder que el ala más radical del partido comunista chino protagonizó hacia 1935. Partieron cien mil personas con el objeto de mantener a Mao en el poder, recorrieron unos diez mil kilómetros en un año, y solo llegaron unos pocos miles, diezmados por ataques de otras facciones. En fin, cosas que suceden en los regímenes totalitarios.

Lo último: una vez me tocó compartir un entrenamiento con Mad Dog Wallace, un corredor muy buena onda que decidió hacer un 42K cada domingo de su vida. Vino a Buenos Aires en Septiembre de 2008, en el marco de la «marathon clandestina de Buenos Aires». La foto de este post me registra al lado de Mad Dog con los fieritas de la Costanera de fondo (que estaban en otro tipo de marcha) y fue tomada y gentilmente enviada por Mercedes Acuña, una gran ultra argentina. De paso, como es que en Buenos Aires hubo una marathon clandestina  es un tema interesante que ya se ha tratado en este blog.

Como se advirtió, no hay moraleja. Tan solo una pregunta: qué es lo que nos mueve a seguir avanzando? Un consejo médico, la idea de un escritor, el poder político? Tanto más cuanto quedarse quieto está bien visto, en el marco de los movimientos «slow». Una siesta, una desconexión del Wi-Fi o tener tiempo para pensar son las mejores opciones sedentarias. Pero una vez resuelta la dirección, el espíritu nómade prevalece apuntalado por lo que nos quede de cuerda vital. Nuestras mitocondrias exigen seguir andando, y esa voz es más fuerte que la de un artículo de El País o un lejano recuerdo de Mao.