Afuera

Voy a sacar la basura al quemador y sucede lo que tantas veces temí: me quedo afuera del departamento, sin llaves. Es un instante, una mano vacilando con la llave, otra con la bolsa, la mente en alguna iteración perdida, y pasa esto. Miro alrededor. En el edificio de Bernardo de Irigoyen de mi niñez quedarse fuera signfica verse rodeado de toneladas de mármol y metal, tal fue el despropósito de los arquitectos portugueses. Quienes plantaron un edificio de Recoleta en Constitución no tuvieron problemas en despilfarrar en el hall. Me recuesto en la baranda de la escalera y miro fijamente los tres departamentos con sus  rombos de mármol y sus letras indicativas junto a sus correspondientes puertas en un silencio que podría durar años. Toco timbre en lo de Juanita y en lo de Irasusta: previsiblemente, nada. Todo está en silencio, no llega ruido alguno de la calle. Estoy en traje gris y en ojotas, asimétrico en formas pero relativamente a salvo. Asciendo un par de peldaños y me siento a esperar.

Sé bien que nadie llegará hasta las diez de la noche, la hora en del recalentado de la cena. Debo avisar. Aparece un lápiz 2H en un bolsillo y garabateo un mail -pero si todavía no hay mails- y en el bolsillo encuentro mi celular -pero apenas existe Entel-. Recuerdo de memoria las direcciones de mis hermanas y al menos en eso el sueño es de fiar, pues no retengo la de mamá, nunca tuvo mail. Combino esa hoja con el celular y surge un mail posible, un poco como quien duplica carillas con un stencil. En ese momento, a mis espaldas, escucho ruidos.

Una tubería amarilla y varios cables ascienden por las escaleras y el hall está poblado de obreros que escuchan a una especie de jefe que se da aires: pequeño, arrugado, traje pretencioso y peluquín, imparte órdenes. Lo interrumpo, le pregunto qué están haciendo con esas tuberías. “No vió las grietas? Si no hacemos esto se viene todo abajo” me dice. No veo nada raro. El cuento de Gandolfo que leía estos días se ha metido por un resquicio del sueño. De pronto veo que uno de los obreros ya está dentro de mi propio departamento, le pido permiso para entrar y me odio un poco por mi exceso de buenos modos. Me llega la seguridad del olor familiar del piso de madera.

Despierto y advierto que esa es la forma más eficaz de haber regresado a mi propio departamento. Tal vez no al mismo edificio, seguramente no a la misma vida, pero funciona. Sobre la mesa de luz me espera el celular y ningún lápiz.

6 Comments

  1. Qué buena descripción de una situación surrealista!!! Lo del traje con ojotas es influencia de la publicidad de Nespresso? Es que te imaginé con ojotas naranja como Clooney jeje Tenés un deseo secreto de volver al pasado, cuando la vida era más simple… El jefe mandón es tu yo racional imponiendo orden y trayéndote a la realidad…

    • Ja, ja, gracias Elvira. Qué buena lectora, mirá que a los cuentos ni les doy difusión, quedan ahí perdidos en el blog! Fijate el tag “Bernardo de Irigoyen”, son todos sueños o pensamientos referidos a este departamento. No sé quién es el jefe mandón pero era detestable… un beso.

  2. Como imaginarás se me pianta un lagrimón porque veo en tu relato cada rincón del vastísimo palier. No sé la razón de tus reiterados sueños que te enclavan, una y otra vez, en nuestra casa de niños. Por ahí sea porque allí nos sentíamos seguros, andá a saber! Por ahí en alguna vuelta de la vida podés regresar como propietario.

  3. Lo que sueño, no sé por qué es. Lo que ocurrirá, who knows.

  4. Muy bueno Daniel. Tenes que amontonarlos y ponerles tapa.

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