La media marathon de la Costanera fue para mí una película de David Lynch: el personaje cambia varias veces, no se entiende mucho, pasa todo al revés de lo esperado, y sin embargo uno se retira diciendo “qué película interesante”.

Cinco minutos antes de largar mi entrenador me desliza un papel con el tiempo al cual debía correr. Ante mi mirada azorada veo un cifra digna de kenyata (salir a 4:25? yo?). el papel se autodestruye y agentes de la KGB contemplan la escena con aquiescencia. El entenador diluye todo con una sonrisa enigmática. Ambos nos estamos evaluando: él se pregunta qué tan chapita soy, yo me pregunto qué tan chapita es él. Me alejo en silencio hacia la meta, imaginando un plan de carrera a mitad de camino entre mi bilardismo y su optimisimo.

Epur si muove. Salgo a 4:30 y a los 5 km estoy quemadísimo. En esos km mortales me asaltaron una serie de pensamientos negativos, que al menos me dejaron las llaves del auto. Quién tiene la culpa de esto, me decía? Lo atribuí a…
a) el viento
b) se me desató un cordón (jamás me había pasado antes)
c) me saludó una chica con un toque pitoniso (“te conozco”) y me dejó atrás
d) el viento
e) perros buscaban carne humana entre los corredores
f) pensé en abandonar en el km 10
g) el viento
h) el duro entrenamiento del mes anterior.

Por el km15 me reagrupé con gente de la STAA que me fue llevando. Más perros hambrientos, más olorcito a choripan, menos incidentes memorables. Terminé boqueando, en 1h38, y me arrojé en el muro de piedra al lado del mar de pastizales. Eso es lo bueno de correr en Costanera, podés arrojarte a morir al final de la carrera sin que nadie repare en tus despojos.

En la charla posterior atribuí todo a la hipótesis h). Mis palabras fueron “las mitocondrias no agarraron el entrenamiento aún, son lentas”. Lo que sí me pregunto es si el tipo que clavó 1h35 en una media marathon hace 3 años era yo, o era otro tipo de una película de David Lynch.