El laboratorio de la línea Bakerloo

bakerloo

Me habían dicho de ese busto de Bernandino Rivadavia bajo la línea Bakerloo en Londres. Me topé con ella en uno de mis intentos por salir cerca de mi hotel en Bayswater. Ese día, como un presagio, había intentado una llamada desde un teléfono público en Hyde Park y había olvidado mi amada guía londinense en la cabina; volví corriendo y por suerte aún estaba allí. Lo mismo puede decirse del busto, estaba donde me habían dicho. Me acerqué tímidamente y con cuidado le saqué  un par de fotos. No eran buenos días como para alegar argentinidad, además Rivadavia había sido realmente un traidor. Me alejé hacia la salida de Baker Street y me llamó la atención un enorme cartel que decía “Laboratorio Argentino”.

Una gran cúpula iba elevándose dejando en una esquina al busto y en la arcada opuesta la entrada al laboratorio, adornada con esquemas de partículas subatómicas. Me ganó la curiosidad y fui subiendo, preguntándome si habría algún conocido de mi vida anterior. En la escalera venía bajando el doctor M, quien había sido mi director de tesis. Supo aparentar normalidad aún en esa circunstancia extraña de otro país y otro tiempo: me saludó fríamente, y me dijo que estaban de fiesta por la inauguración de no sé qué muestra del Laboratorio, que me diera una vuelta. Siguió su camino hacia abajo y desapareció bajo el cartel que decía “Elephant & Castle”. No lo volví a ver.

Al subir me encontré a un par de conocidos más, devorando unos sanguchitos. Nadie parecía sorprendido de verme; ni yo hice el esfuerzo de explicar la coincidencia, ni el hecho de que hacía años que había abandonado a la Física.  Dos de los tesistas tenían frentes prominentes y entradas en las sienes, casi un cliché de la inteligencia. Había tres viejitos que discutían un esquema de decaimiento nuclear, con interjecciones y frases infantiles, invocando paternidades entre estados nucleares. Casi no había mujeres. Pregunté dónde estaban los invitados locales, y se encogieron de hombros.

Parece que el laboratorio estaba allí desde los años cincuenta, y que lo habían mantenido convenciendo a las autoridades de la ciudad de la continua “puesta en valor” de las zonas adyacentes al subterraneo. Me mostraron un plano que describía en “Teralibras” la consolidación del valor inmobiliario. De Física no parecía haber mucho, y si tocamos algún tema fue para confesarles mi desconcierto. Siempre olvido, aún en sueños, que en el Primer Mundo no se estila alegar ignorancia. Me fueron dejando solo, y  me alejé caminando hacia mi hotel, mirando con extrañeza el fulgor de la mirada de bronce de Rivadavia.

2 Comments

  1. Absolutamente inverosimiles coincidencias, M: a quien compartimos a suerte y desgracia (soy A), Bernardino y los cientificos olvidados. Es casi un cuento de realismo magico latinoamericano, un grupo de gentes que sobrevive engañando al resto buscando la cuadratura del circulo. Rueda la diosa fortuna haciendo equilibrio en el mundo.Delicioso

  2. Bueno, gracias, “A”!
    Lo raro es que el sueño tuvo esa cualidad de “no asombro” que me hizo correr a escribirlo.
    Fue como si hubiese sido soñado con el tono justo de irrealidad (argentinidad?).
    Abrazo grande, a ver cuando tomamos ese café y nos dejamos de iniciales.

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