La luz pálida e invernal tras la lluvia se acompasa con el viento en despejar las calles y augura que los próximos días serán espectrales. Desde el bar veo unos viejos con pasos tambaleantes, que llevan maletines augustos, como portando sus últimos enseres hasta un destino muy próximo y definido: sólo unas cuadras, sólo unos meses. A mi alrededor, la actividad lentamente renace, sólo que en la peor estación posible.

El equipo queda afuera del Mundial, y aún los que no estamos en esto, no quedamos inmunes. Nos han despojado de algo más que la pretensión al título: nos han quitado la excusa perfecta para nuestra inmovilidad. Como medusas aspiradas por un caudal de agua impensado, nos conducen al agite indeseado de un mar exterior. De un tirón navegamos hacia nuestro destino. Ya no nos estará dado el sereno milagro de la procastinación.

Enviamos mails, pedimos café, tenemos reuniones. Pero todo es artificial. No somos nosotros los que nos movemos, es el fluído que nos rodea. Si no significara un esfuezo, haría público que todas las teorías sobre el éter son, de algún modo, ciertas. Y al pulsar la tecla que enviará este post hacia ese otro fluído que es el de la Web, no será mi índice el actor, ni mi voluntad el autor detrás del cortinado. Será un mero tentáculo que se agita al amparo del vacío mundialista el que provoque esto, y luego el vacío, y la calle invernal, y la contemplación de los viejos.