Paré de correr justo en la bajada del cerro San Cristóbal. En Santiago no había esta vez sismos, ni volcanes, ni incendios: sólo reuniones tranquilas y prometedoras. Casi ciencia ficción. Mirando hacia atrás no sé si paré la corrida por cansancio o porque siempre me provoca interés los espectáculos callejeros. Tal vez fue la voz de la actriz sacando títeres de la caja ante unas cincuenta personas, en el barrio de Bella Vista. Si uno está atento, siempre tiene la sensación de estar perdiéndose algo.

Los niños mostraban un entusiasmo moderado. La actriz avanzaba en la introducción de la obra, sacando muñecos convenientes de una caja: un lobo no, una rana sí. Sacó una capa roja y su voz se quebró, de un modo forzado. “No, claro que no” dijo. Sentí que de la caja había salido algo nuevo: la impostación exagerada del error, el tono de voz demasiado evidente, la transición fallida. Casi un vibrato –si hubiera sido una canción-. Lo sentí como un codazo mental que avisaba en exceso y desmerecía al público. Decidí seguir corriendo hasta el hotel.

Me quedé pensando en situaciones similares donde se exige versatilidad en la transición –en un trabajo, en una relación, en un deporte- y la respuesta no le suena genuina al espectador avezado: allí no hay vuelta atrás, y todo lo que uno diga suena a otredad.