Paso por este lugar decenas de veces al mes, y seguiré haciéndolo hasta que muera. Es un momento de introspección: cruzar del bar al vestuario y echar (sin hache, por favor) una mirada a los andariveles como quien consulta a un pitoniso acerca del futuro. Dependiendo de la cantidad de gente, del momento del año, y del propio ánimo la nube electrónica se forma y decide con presteza: nadaré poco, mucho, no nadaré. Otro ejemplo? La autoevaluación en el espejo del auto durante la pausa del semáforo, y la respuesta: se es cretino, vale la pena vivir, todo es un gran fracaso. Así funcionan las cosas, así se toma una decisión.

Esta vez es un mediodía de Otoño y el clima toma sus propias decisiones: treinta grados, lluvia o granizo, con diferencia de minutos. Imagino que hay poco tiempo para nadar hasta la próxima lluvia, entonces esta vez la cruzada absurda es nadar pensando en nada. No hay nadie, no hay ataduras, y contra lo esperado los pensamientos fluyen solos haciendo perder la cuenta de los largos. Las vacaciones ya pasaron, los clientes no contestan -una forma de contestar-, los centrodelanteros de Estudiantes de la Plata (voy contando en cada largo Carrizo Boselli Palermo Romeo Galetti Farías, excluyo por piedad al Tano Piersimone y al Potro Fúriga). Hago una pausa, detengo el cronómetro, sigo pensando. Por qué me enoja tanto este pais restrictivo como Cuba, no es malo el libro de Junot Díaz. Nunca pude escribir esa ficción sobre vikingos que navegan usando Espato de Islandia. Casi todo me enoja, pierdo amigos, me cierro, envejezco. El agua parece hervir.

Imaginemos que alguien pudiera tener acceso a esa nube electrónica de mis pensamientos, tal vez saldría -en un output extraño, con un mecanismo sencillo y casi biológico- la solución a mis problemas. Y el problema no sería tal. Y la angustia -los “red means” de Holly Golightly en “Breakfast in Tiffany´s“- no tendría allí sentido. Uno podría ser capaz de fluir por la vida con la facilidad de un nadador en la pileta, indiferente a vaivenes ajenos.

Allí es cuando se desata la lluvia, y las gotas pesadas primero y el granizo después hienden la superficie del agua como los tiros en los quince minutos iniciales de “Saving Private Ryan”. Y es cuando el guardavidas te espera al final del andarivel para desenchufarte del agua, darte una palmadita, no te escapes, todo terminó, que hay relámpagos, que hay que salir de la pileta.