Estoy en Madrid realizando una consultoría para Telefónica. Trabajo por unas semanas en el “Distrito C”, que es la Ciudad Telefónica al norte de Madrid. Hay muchos latinoamericanos, algunos conocidos de otros trabajos; el ambiente es el de una empresa global.

Será por el contexto que recomiendo el excelente artículo de Alicia Dujovne Ortiz de La Nación de hoy, sobre los inmigrantes, del cual extraigo algunos párrafos.

1) Dice una inmigrante: “Estoy desesperado, ps, m´hijita, esto no es vida. Se van los meses, se van los años y yo acá. No, ps, m´hijita, para Navidad no puedo volver, la aceituna termina en marzo, ps. En cuanto cobre me yegreso, ya se lo he dicho muchas veces pero ahora créame, ps, m´hijita, esto se acabó, en España están todos parados y a los que no tienen papeles quién va a tomarles, ps. No hay trabajo, m´hijita. En Bolivia tampoco, ia lo sé. Qué yemedio nos queda, si Dios nos quiso pobres así ha de ser nomás. El dinero no es nada, ps. Yo lo que quiero decirle es que estoy muy orgulloso de usted, m´hijita.”

2) Reflexiona la autora: “Pero el fenómeno sobrepasa el perímetro de esas cuatro paredes transparentes, donde un papá desesperado, aceitunero acaso clandestino en un país “parado”, que ve aumentar el desempleo minuto a minuto, quedaba tan visible como audible. En todas partes el locutorio le sirve al inmigrante para mantener la ilusión: mientras pueda hablar, no habrá cortado el hilo, como sí lo hacían nuestros abuelos al subirse al barco.” Continúa: “En España acaba de salir un libro de una pedagoga argentina, Nora Rodríguez, titulado Educar desde el locutorio y destinado a un nuevo tipo de inmigración, sobre todo latinoamericana: la de las madres. Como para el trabajo doméstico y el cuidado de niños no hay desocupación, cada vez más mujeres, tan desesperadas como ese padre del domingo lluvioso, deciden cruzar el charco en busca de fortuna”.

3) Pienso yo que el locutorio encierra trampas, debidas a la frustración que cada charla provoca y, a la vez, permite mantener la relación familiar . Es un mal consuelo. Cada pequeña frase puede detonar una relación. Los cambios tecnológicos (Skype, Tablets, conectividad) pueden contribuir a mejorar esto, pero el lenguaje es el mejor remedio.

4) Sigue la autora con consejos,  que más allá de mi aporte, son el núcleo de la cuestión:

  • reemplazar órdenes por simples deseos (“sería bueno que” en lugar de “tenés que”).
  • no ensalzar al país de acogida para que el hijo no se engañe pensando que la madre, está en el paraíso.
  • jugar: canciones, adivinanzas o trabalenguas pueden ser telefónicos.
  • reír, no llorar, o abreviar el llanto lo más posible.
  • dar consejos pero no cargar al nene con una retahíla abrumadora de consejos.
  • no vivir comparando la vida de antes, cuando estaban juntos, con la separación de ahora porque es muy triste.
  • decir y repetir palabras de amor.
  • no exagerar con los regalos para no mostrar que a uno la culpa lo carcome.
  • elogiar al hijo y asegurarle, como lo hacía instintivamente el boliviano de mi cuento, “estoy orgulloso u orgullosa de vos”.