Diapositiva1Era Julio de 2002 y charlaba en el Bar de Pepe -un santuario de la Telefonicidad en la calle Defensa- con el director de Marketing de entonces. Llovía ominosamente. Cada charla de entonces, en mi recuerdo, está tamizado por una perspectiva de debacle. La Argentina de entonces era, cuando menos, apocalíptica. “A veces hay que saber gestionar la ambigüedad”, me decía este director, a propósito del reciente freno a la venta de la banda ancha de Telefónica. Primer resumen: el servicio no tenía precio. O más bien no tenía costo. Con tarifas  en pesos y costos en un dólar creciente, la decisión del gobierno de congelar las tarifas hacía que la venta fuese suicida. Todo dependía -me contaba este director- de la química de los encuentros entre dos personas. Segundo resumen: la química era desastrosa. Los que se reunían eran Guillermo Ansaldo y Guillermo Moreno. Lo único que tenían en común era el nombre.

Guillermo Ansaldo era el CEO de Telefónica. Estaba un par de escalones por encima de mi gerente, por lo cual sólo estuve en un par de ocasiones reunido con él. Lo recuerdo muy calmado, rápido con los números, y acostumbrado a los desencantos. No hacía falta explicarle demasiado la visión operativa o los detalles de “la cocina”: él ya los conocía. Sabía de Telcos, pero más aún de Finanzas, pues ése había sido su ámbito favorito en McKinsey.

Por su lado Guillermo Moreno fijaba precios desde la secretaría de Comunicaciones. Recibía en su despacho a directivos, a los que sometía a un ritual de destrato y amenazas. Había un revólver en su escritorio que asomaba debajo de una pila de papeles. Una vez le criticó a Ansaldo sus zapatos. “Están demasiado nuevos. Se ve que usted no camina la empresa”. A las siguientes reuniones Ansaldo fue con otro directivo de Telefónica que compartía con Moreno el hobby de las armas. Se logró que las reuniones fueran menos agresivas. Fue un amargo consuelo: jamás se llegó a discutir un posible aumento. La política del gobierno era no ser impopular, a cualquier costo.

Los años pasaron. Ansaldo fue requerido en Madrid y llegó a CEO de Telefónica España. Fue muy reconocido. Lo vi una vez entregando el trofeo al vencedor de una carrera de Fórmula 1 en Valencia. Fue una rareza pues Ansaldo era cultor del bajo perfil. Mi sensación a la distancia televisiva es que se lo veía incómodo allí en el podio. Lo que ocurrió con Moreno es conocido: hizo de las intimidaciones, el patoterismo, y la destrucción de diversas industrias su modo de trabajo. Llegó a la vanagloria del apriete. Paradójicamente o no, el mismo gobierno que le permitía esto lo terminó desactivando hace días.

En fin, esta es la historia de dos Guillermos y de dos Argentinas posibles. La ambigüedad es que han pasado muchas crisis y muchas lluvias, y nunca sabremos cuál es el modelo de país que se terminará imponiendo.