Cada quien elige su calvario comunicacional. Ahora, en el Messenger y en otros chats, mi hijo me tira nudges todo el tiempo y esos horribles monstruos cuyos implementos estallan en la pantalla. Me hacen gracia, me gustan, son cosas de chicos. Pero hay algo que no comprendo: que la gente grande y estable use emoticons. Lo siento del siguiente modo, como si su capacidad de expresión estuviera envuelta en pañales a punto de desbordar.

Dice Nabokov en una entrevista al New York Times: “How do you rank yourself among writers (living) and of the immediate past? Nabokov: “I often think there should exist a special typographical sign for a smile – some sort of concave mark, a supine round bracket, which I would now like to trace in reply to your question.” Increíblemente, Nabokov hubiera usado emoticons.
Pero, por qué? Destruyen la línea de la página. Rompen el interlineado. Suponen empatía emocional del otro lado -y porqué habrían de gustarme tus caritas-. Le adjudican a quien los usa la incapacidad de describir sus emociones y esto da la pauta de otras carencias en otros ámbitos. Puede ser que hace una década o más, vistos en un mail denotarna cierto elitismo de recién llegado al hiperespacio. Ya no. Cualquiera los usa.

Son los nuevos jeroglíficos de gente apurada. Me, I´m just a lawn mower. Larga vida al buen texto.