Si me preguntan por qué dejé de ver a tal persona o qué pasó en tal año, la respuesta es “no me acuerdo”. A veces vuelve una señal mínima -un sonido imperceptible, una señal, un gato arañando el mármol- y me rebelo contra mi propia falta de sensibilidad, haber soslayado personas u oportunidades. Tanto peor: qué estaré haciendo hoy que me impide ver lo esencial, aquello sobre lo que me preguntaré mañana.

En Física de Partículas se habla de scattering, esto es, de la dispersión que una partícula provoca en la materia. Cualquier analogía con un partido de bowling es perfecta. Y creo que algo parecido sucede con la memoria. Con mi memoria. El cerebro es atravesado por impresiones fragmentarias, y lo que luego sucede no es lineal. Qué recordaré de este viaje a México, esta vez con más tiempo para estar en el DF con mi cámara? Cuáles imágenes quedarán en la memoria?

Va mi intento: un museo antropológico, lluvias dispersas, excelentes brunchs en El Péndulo, gente caminando eternamente por Reforma, la melancolía de decenas de lustrabotas, el sentirme alto, las mujeres con el pelo tirante para atrás, haber subido a la Torre Latina mientras se veían en El Zócalo los festejos de El Grito, las rotondas con monumentos, la continua oferta de vendedores. Poco más que eso.

Los hechos deportivos fijan recuerdos como estacas. Tal vez lo que más recuerde es haber entrado a un bar y pedido un par de Coronas mientras veía en un monitor el quinto set del triunfo de Del Potro sobre Federer en el US Open. Sobrevivirá entonces, del scattering, la propia altivez alcohólica ante la mirada local: tan extraña es la memoria y tan trivial es la vida.