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(Español) Curso “Suspenso” (Ariel Dilon) – Biblioteca Nacional

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Bak

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Afuera

Voy a sacar la basura al quemador y sucede lo que tantas veces temí: me quedo afuera del departamento, sin llaves. Es un instante, una mano vacilando con la llave, otra con la bolsa, la mente en alguna iteración perdida, y pasa esto. Miro alrededor. En el edificio de Bernardo de Irigoyen de mi niñez quedarse fuera signfica verse rodeado de toneladas de mármol y metal, tal fue el despropósito de los arquitectos portugueses. Quienes plantaron un edificio de Recoleta en Constitución no tuvieron problemas en despilfarrar en el hall. Me recuesto en la baranda de la escalera y miro fijamente los tres departamentos con sus  rombos de mármol y sus letras indicativas junto a sus correspondientes puertas en un silencio que podría durar años. Toco timbre en lo de Juanita y en lo de Irasusta: previsiblemente, nada. Todo está en silencio, no llega ruido alguno de la calle. Estoy en traje gris y en ojotas, asimétrico en formas pero relativamente a salvo. Asciendo un par de peldaños y me siento a esperar.

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Vórtice de tiempo en calle Humboldt

humboldt

En ese borde entre Villa Crespo y Chacarita las cuadras caen a pique, como si un gigante la hubiera emprendido a hachazos contra la ciudad. Las calles corren entre las manzanas como hendiduras, y entre ellas sopla hoy el viento que parece de épocas ancestrales. Hace un frío increíble. Ocurren varios milagros a la vez: en una cortada cercana a Humboldt encuentro lugar para estacionar, no aparece nadie, veo un Peugeot 404 descapotable, y hay silencio. Todo eso, y algo más. En una casa un anciano me mira por la ventana y baja la persiana, como si yo fuera el recién llegado desde que aquel gigante delimitó la manzana. Estoy a veinte metros de la vía y parece que suena un tren a lo lejos. Existen cielos del color de las ganas de nevar? El cielo de hoy merecería ese color.

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No vienen solas (Octubre de 2006)

Hay frases hechas. No es que deban significar algo, la gente las dice para amaestrar circunstancias, para domesticar esperas de ascensores con extraños o trámites hondamente aburridos. La gente, por ejemplo, dice que las cosas no vienen solas. Si las ideas son islas de certidumbre, esta frase es un mar de vaguedades que diluye toda esperanza de entender algo. Pero vale el placebo: dicha la frase, la plebe asiente calladamente e irradia un halo de nulidad mineral. En mi caso hubo en pocos días cambio de trabajo, declinación de mi madre en su enfermedad, y mudanza. El mismo día tormentoso que los bártulos eran izados por obreros con sogas temblorosas por el balcón de Santos Dumont –esa imagen conservaré de la mudanza a Chacarita– la internaban a mi vieja. Pocos días después fallecía; y si bien era previsible, el no ser de la enfermedad y de la invalidez es de un tenor menor que el no ser definitivo. Prefiero lo anterior, recordarla en su callada vigencia de cafés y libros. El día que finalizaron sus trámites de cremación era un lunes soleado de octubre. Quise correr e inauguré el nuevo territorio del que disponía, precisamente los alrededores del cementerio de Chacarita.

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Estupor y colores

mostaza merlo

Cuando me quedo pensando en alguna cuestión laboral sin solución y tengo algo de tiempo, salgo a correr por el Trapezoide Infernal de Chacarita, no importa la hora que sea. Aunque el problema no se solucione, el ejercicio te da ideas, tranquilidad de espíritu y algunas calorías menos. Tarde de sol fantástica, otoñal, poca gente. En esto estaba yo, cuando al lado de la senda se abre de golpe la puerta de un Mercedes azul que estaba detenido. La puerta casi me lleva puesto. Me detuve.

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