La lectura como acto privado y silencioso es más reciente de lo que pensamos: data del Medioevo. Lo que pemitió esto fueron los signos de puntuación. Antes todo era “scripto continua” y -aunque resulte increíble- lectura en voz alta. Imaginemos que la lectura era un acto público de increíble presión donde el lector memorizaba el texto y era avisado por un instructor sobre dónde convenían las pausas. Pensemos que el sentido sólo podía emerger gracias a una correcta lectura en contados casos. Quienes pusieron orden y permitieron la lectura como acto individual y silencioso fueron unos monjes en Irlanda, guiados por la necesidad de abaratar códices, acelerar réplicas y mantener el sentido en las sucesivas copias. Lo cual nos da una idea de un proceso tecnológico que requería mejoras. Una paradoja: mil años después, las direcciones de Internet -complicadas, apretadas, larguísimas- recogen sin saberlo esta suerte de legado de escritura de corrido.

Tras el escandalete de las fotos de «celebs» como Kate Upton y Jennifer Lawrence se habla de privacidad como algo nuevo, pero qué es? Es el derecho de las personas a ese espacio íntimo y reservado donde no entran ni las instituciones ni otras personas. La privacidad es es el verdadero lujo en la esta época en que es usual compartir en FB el score de Candy Crush con nuestro gerente de HHRR -esto suena raro, pero ocurre-. En el blog hay viejos acercamientos al tema: referencias a PRISM y Snowden, a Danah Boyd y su cruzada por que el individuo sepa configurar con acierto su red social, un intento por entender la identidad aumentada -gran tema, aún en pañales-, y el Big Data de Facebook aplicado a las relaciones de pareja. Pero ahora surgen las fotos en 4Chan, se echa leña al fuego con el deslinde de responsabilidades de Apple, surgen suspicacias. Todo esto alienta una revisión del asunto de la privacidad en los siguientes cuatro ejes.

  • No estoy tan seguro de que el pudor -dentro del contexto más amplio de la privacidad- sea un valor en alza. Las encuestas sugieren que cada vez más se envían fotos de desnudos personales, en particular entre adolescentes, según sugiere un estudio de  The Verge.
  • El hecho de que una foto “hot” esté en un celular sugiere que esta foto ya pertenece a la Nube y que sólo está a un paso de ser pública. Más aún, borrar una foto no garantiza que ya no esté en la Nube.
  • Ni aún los más techies saben configurar perfectamente sus settings de privacidad. El conocimiento está demasiado distribuido: nuevos smartphones, nuevas apps, nuevas redes y nuevos sistemas operativos. Como simples usuarios podemos solo aspirar a mejorar nuestras passwords.
  • Es ridículo suponer que alguien hackeó las fotos y que se jacta de ello, exponiendo su prestigio. Es más sencillo imaginar que acertar el usuario y password de una de estas cuentas de famosos mediante algoritmos de fuerza bruta y algún conocimiento extra que responda las preguntas de seguridad de rigor.

Creo que los aspectos más interesantes de la vida -al menos de su faceta técnica- surgen de la interacción entre la cultura y la tecnología. Que lentamente florezca la lectura en silencio entre monjes o que tengamos acceso a la imagen del cuerpo desnudo de una estrella no son hechos tan distintos. Ambos suponen romper el «aquí y ahora»: el libro es una teletransportación a la cabeza de otra persona, una foto «hot» es conocer íntimamente a quien jamás le veríamos la cara. La tecnología cambia las circunstancias. El consejo final dista de ser monástico: «si no saben configurar su smartphone, no se saquen fotos desnudos».