En la quietud de las aguas y en la piedra de sus calles centenarias, Flandes espera. Se agita inquieto en ese gran patio trasero entre Francia, Alemania e Inglaterra; sopesa tensiones que mudan a través de siglos. Produce milagros como Brujas, aunque el marketing de los canales se lo lleve Venecia; y el de los polders, los holandeses. Soporta batallas mundiales en el Somme, alberga tumbas de cientos de miles de soldados en sus playas, inaugura armas químicas en Ypres, y recuerda a sus vecinos derrotas inesperadas, como en Waterloo.

Soy testigo ocasional. En vez de quedarme en el laboratorio de Hasselt, me pasean en un Porsche Carrera por la llovizna en la noche de un extremo a otro: Antwerp, Gent, y finalmente Brujas. El conductor -el gurú techie que me debe explicar la vida- me habla de Carlos V y de la inquisición, de los pintores flamencos y la cámara obscura, y de por qué la Wallonia francesa es una carga indeseada. «They don´t work at all», me dice, y salta en la butaca cada vez que suena en los woofers ese nuevo berrido tech de «Panamericano». Bélgica es un sueño de muelles y resortes, una necesidad, una gema pequeña y molesta incrustada entre las coronas de Europa.

Llegamos a Brujas y tengo tiempo de salir a correr a través de un bosque y su bruma matinal, y de toparme con el Kastel van Tillegem, sin un testigo, sin una presencia. Ante mi pregunta, la gente del hotel preguntará «which castle?», extrañada, y mi contraparte belga los denostará: son todos inmigrantes incultos. Le cuento al belga la historia de «The night watch«, la venerable canción flamenca de King Crimson inspirada en la pintura de Rembrandt, y la desconoce, pero me retrueca con el paso de Einstein por Ostende y Solvay, y con anécdotas desdeñosas sobre Carlos V. «He wouldn´t speak Spanish at all», mientras ahora casi todos los turistas son españoles, a pesar de la Crisis.

«So many years we suffered here
Our country racked with Spanish wars
Now comes a chance to find ourselves
And quiet reigns behind our doors
We think about posterity again».

Luego hay reuniones, hay un Excel que se agita, y hay cervezas en algún orden secreto, mientras el Porsche rueda por los adoquines y sigue sonando «Panamericano». La gente desaparece en el atardecer, aterrados por la posiblidad de quedarse sin cena. Casi parece escucharse el solo de guitarra de Fripp al final de la canción, resonando frente al Belfort. Los mercados de piedra, los puentes y las iglesias emergen de ese témpano de niebla que es el tiempo. Flandes, de algún modo, espera.

«And so the pride of little men
The burghers good and true
Still living through the painter’s hand
Request you all to understand.»