High Tech en Hasselt


Jamás puedo dormir en los aviones, no importa lo que haga. Esta vez no fue la excepción. La parada de cuatro horas en Barajas significó la vuelta a un primer mundo de señalética, gestos y costumbres distintas; pero la llegada a un destino imprevisto fue mucho más interesante.

Hasselt es un lugar de tecnología inusual en pleno Flandes. La gente habla flamenco tal como en Barcelona o en Quebec la resistencia pasa por el idioma. Bélgica es una país-buffer que separa Holanda de Francia y de Alemania, aunque más de un siglo después nadie se sienta belga, y en cambio se digan flamencos. La gente se queja del clima y de la lluvia, pero a los costados de la carretera los campos se ven de un verde eterno y cultivado.

Desde lo alto de un Radisson new-tech se advierte el techo de la catedral y un fervor religioso que hace demasiado fácil el chiste de Flanders y Flandes. En los alrededores florecen las industrias de IT y del Contenido. A cien kilómetros, en el Somme, todavía se encuentran ecos de ambas guerras. Bélgica siempre fue el patio de atrás donde se pelean los chicos. Tal vez pensando en esto, en guerras e identidades, la gente bebe cervezas con 10% de alcohol. Mientras me entrego al ritual, vislumbrando Argentinas fragmentadas, sin lugar para belleza ni para tecnología. Más allá del cristal sigue lloviendo.

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