Las últimas muertes están ocurriendo en Sábados de sol; esto hace que ir a los entierros en la Chacarita -a seis cuadras, bajo el sol invernal- sea casi placentero, más aún al tratarse de una familia muy querida. La Parca parece haber estado activa este Invierno y hubo que esperar una sucesión de cortejos, del que sobresalió nítidamente un Dodge 1500 blanco con una corona floral a cuestas que se iba desvencijando, en una metáfora kitsch de la muerte.

All llegar el coche con el ataúd conté seis manijas y seis hombres. Me supe dentro de una etiquette desconocida. Me adelanté antes de ser reclamado en medio de mi perplejidad, y allá fui como puntero derecho. Nada más alzar la manija noté que algo andaba mal: este esfuerzo no tenía nada que ver con el peso estimado del difunto, ni con mis marathones, pesas o proverbial estado físico. La manija de bronce quería llegar a los huesos de mi mano izquierda a un ritmo mayor que la descomposición del finado. Me dije, la capilla está cerca, y avancé con tambaleante dignidad. Durante el responso del cura me masajeé la mano, sin éxito. De la capilla al coche susurré al resto “cambiemos de lado” pero no me oyeron. Otro tramo de dientes apretados, otra vez imaginando al muerto proyectando ondas espectrales y convirtiendo manos en metacarpos y falanges. Llegué al coche sin aliento, entendiendo que faltaba un último tramo.

El horror no es la Muerte y sus alrededores, sino la certeza del dolor, y fue horror lo que sentí al comprender que el destino final del muerto era un un nicho, y eso significa bajar escaleras. En este tercer tramo los portadores abandonamos toda dignidad y tiramos hacia arriba, a los tumbos, con las dos manos. Esta vez yo había enrocado mi posición (mediocampista izquierdo, mano derecha sufriendo) y me chocaba con el back de mi lado. Al inclinar el féretro temí un descenso non-sancto del difunto hacia los Avernos, pero surgió un hotentote de Cementerios a abarajar el ataúd desde el recodo de la escalera. Luego se armó un line rugbístico para arrojar el ataúd adentro del nicho: todo fue fuerza de hombros y escasa contemplación hacia las lágrimas de los deudos. Volví caminando a casa, sintiendo que mi espalda había recibido un golpe mortal.