Liderazgo pincha y crème brûlée

Un día antes del último partido del campeonato, habíamos pactado el encuentro con el Payaso Lugüercio, en la mítica «Aguada» del centro de La Plata. Los tres temas se habían entretejido en la conversación: la canción grabada a beneficio por el equipo de Estudiantes, la guerra entre vecinos de Soldati, y algo más esencial: por qué es que cada quien es hincha de cada equipo.

«Vos no elegís; Estudiantes te elige a vos» espetó el Payaso, docto y monacal pese a estar vestido aún con el jogging de entrenamiento. A sabiendas de que lo iba a aburrir, le conté por enésima vez cómo fue que me hice hincha de Estudiantes: tenía cinco años, y estaba hablando de fútbol con mi vieja mientras ella barría el living; eso fue todo. Por debajo de las palabras estaba el anhelo estúpido de empatizar con el antropólogo-futbolista; él movía las miguitas contra el mantel, y yo continuaba mi argumentación. El punto es que siempre había estado en minoría: el único hincha, en Primaria, en el Secundario, y en la Universidad, cuando en general todos eran -o son- de Boca o de River. «Creo que eso, de algún modo, me formó», dije con pretendida contundencia. El Payaso, como concediéndome el punto, tomó el pingüino para servirse algo más del tinto de la casa.

Pedimos los postres. Lugüercio clavó la vista en un banderín rojiblanco que había en el fondo del salón, y -aunque nadie hablaba- asentía levemente. «Los chicos de ahora se cambian fácil de equipo. Ayer vi uno de Independiente, el primero en diez años. Pero si sos del Pincha no cambiás». En la televisión TN pasaba los incidentes en el sur de la ciudad, como si se tratara de una ventana a otro planeta. La gendarmería separaba grupos de vecinos. La mayoría tenía camisetas de River, Boca, o San Lorenzo. «Igual, lo que vos decís no tiene mucho que ver: Sábato era de Estudiantes, sin ningún motivo.

Cambié de tema, y le pregunte qué pensaba de lo de Soldati. El Payaso te mira fijo cuando lo corrés con un tema político, pero con los cafés se dejó llevar. Hablamos de modelos de país, de la defensa de lo nacional, de repensar ciertas barreras a la inmigración. Mientras se escuchaban las detonaciones en el televisor, me explicó por qué habían caído en desgracia los clubes «grandes». Según él, el sentirse superiores los condena al fracaso, y la única excepción a esto parece ser el Barcelona, cuyo verdadero motor no son ni Xavi ni Iniesta, sino la «necesidad de resaltar la superioridad catalana», y dicho lo cual le pidió al mozo una crème brûlée, por supuesto inexistente en ese bar. Luego hablamos de la entrega de San Lorenzo en los ochenta, de cómo vendió el estadio a Carrefour, y terminó mudándose a una zona de villas bolivianas. Y mientras tanto -resalté yo-, el equpo campeón de Estudiantes había tenido tiempo para grabar una canción y recaudar fondos para hospitales. Le aseguré que lo mío no era xenofobia, sino que me negaba a darle nada gratis a la gente. «Este equipo debería ser un ejemplo, porque es solidario, trabaja, y todo le cuesta. Nada le llega gratis».

Lugüercio jamás te dice que tenés razón. Pero aún tenía una sorpresa. «Lo que sí, no creo para nada en eso de la Mística Copera» tiró el Payaso. «Creo en el laburo cada día, creo en futbolistas hijos de otros que se pasan los genes (Verón, Galleti, Romeo, etc), y en no hablar demasiado con la prensa. Creo en los técnicos casi mudos. Por eso nunca me gustó el Cholo Simeone, tenía un perfil muy alto». Un mozo que pasaba oyó el comentario, e hizo el gestito del DT corriendo dando saltitos ante cada gol. Nos reímos un poco, y el Payaso volvió a hundirse en los abismos de las miguitas de pan.

Al final, brindamos por partido que se venía, y se fue. Nunca le llegué a preguntar qué estaba haciendo él ahora, jugando en Racing. Tampoco hicimos pronósticos sobre quién sería el campeón al día siguiente. Pero en la lista de postres figuraba crème brûlée, algo borroneado.

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