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Siempre me gustó pensar que el apocalipsis iba a ser rápido y efectivo, con toques de Ciencia Ficción. Caos mundial, alienígenas, godzillas: los pobres remadores de las aldeas periféricas nos rendiríamos al momento, insensibles por fin a las variaciones del dólar o al pago del monotributo. Habría cobardía en la capitulación, pero cierta audacia en el mordisqueo final del último Cachafaz de la alacena.

No está sucediendo. No hay aliens, no hay meteorito, no hay agujero negro. Hay algo absolutamente previsible, mínimo y pronosticado. Es un apocalipsis bobo, porque el género humano no comprende los datos ni puede tomar decisiones inteligentes. Fronteras, sí o no? Lockdown, sí o no? Barbijos, sí o no? Todo da más o menos igual y los gobiernos parecen tirar los dados, total tal vez no habrá historia que los juzgue. A medida que pasan las semanas y los aislamientos se desenrollan unos sobre otros, florece una lentitud donde no se distinguen los fines de semana. Y de fondo surge algo vinculado a la lentitud: un silencio desacostumbrado en las calles, una quietud atronadora de siglo diecinueve. Si hay futuro, hablaremos de Los Años del Silencio.

Todos los días son un domingo de macetas terracotas en un balcón que queda chico para el trote, con un sol que se aún entibia pero promete Otoño. Hago yoga en sunga en el balcón: ya soy mi abuelo. Supongo ancestralmente que el sol y el viento queman y ventilan lo que sea. Y me viene un recuerdo: en la Costanera Sur estaban los restos de un espigón de los años 30, una zona de casillas para bañistas de río, que tras el abandono de la zona fue tomada por unos viejos medio hipposos. De chico iba con la bici por ahí y me llamaba la atención su resistencia. Tal vez lo que sentía era un presagio acerca de mi propia decadencia futura. En fin, los viejos hacían calistenia con viejas pesas, defendían su lugar, discutían con los paseantes. Era todo lo que les quedaba. En algún punto ahora yo soy ellos, y en medio del balcón y las macetas, ésa es mi resistencia, el último lugar donde ejerzo mi desatino, mientras en la radio se balbucean cifras y se preguntan cuándo volverá el fútbol.

En todas las novelas de Ballard hay escenarios extremos. Guerras, hambrunas, bombas atómicas, sequías, calor extremo, playas terminales, exquisitamente decoradas de catástrofes personales.  En «El mundo sumergido» de Ballard -por favor no lo lean en estos días- realmente pasan cosas: caos climático, Londres hirviendo a 50C y convertida en una laguna con iguanas. Antes de huir al polo un grupo de hombres sufre la alteración de sus sentidos. La trama biológica es compleja, pero se sugiere que  los sistemas nerviosos están volviendo al Triásico, y que el calor va transformando a los humanos en hombres-lagarto. Que es más o menos lo que siento yo en la celda hecha balcón, donde voy sospechando que esos recuerdos de desplazamientos magníficos en pistas de atletismo y piletas olímpicas tal vez no sean tan ciertos.

Mientras tanto la realidad nos va durmiendo un poco más a cada día. Vemos en la pantalla a periodistas achupinados que también retroceden al Triásico, pues en plan justiciero apuntan a tal o cual enemigo público que debe variar a cada día. Son estos periodistas los que de pronto son matemáticos y nos hablan elogiosamente de aplanar curvas, dominar exponenciales y de lograr inmunidad viral. Y la respuesta es el silencio, el mismo de las calles. Nadie hace preguntas. No existen los matices o el medir las consecuencias. El mundo implota de un modo berreta y lento, pero no es un mundo sumergido digno de Ballard. Es más bien un mundo anestesiado.