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La noche en el partido de fútbol 5 de Ocampo venía difícil. Los equipos habían sido armados de apuro, y en veinte minutos estábamos perdiendo 4 a 0. Todos los ataques nuestros: palos o rechazos. Todos los ataques de ellos, goles. A veces es así.

Justo después del cuarto gol, desde la cancha de al lado se acercó el arquero a pedir a los gritos un médico. Había alguien tendido en el piso, inmóvil, con un círculo de jugadores alrededor. Entendí que era algo serio y salí corriendo al gimnasio de enfrente. Tal vez allí tuvieran un médico o se pudiera avisar al SAME. Las canchas están encajonadas entre Barrio Parque y las vías del tren: no es un lugar accesible, pero el Fernández tampoco está tan lejos. Pasaron un par de minutos.

Volví a las canchas y estaban tratando de reanimar al accidentado. Seguía el círculo alrededor del hombre, decían que no respiraba. El silencio y la inmovilidad se iba extendiendo al resto de las canchas. Éramos espectadores, como casi siempre somos en la vida. Pero en la cancha más lejana seguía rodando la pelota, como si la onda del mal presagio llegara allí muy atenuada, incapaz de modular comportamientos.

Me quedé un rato sentado en el césped, elongando sobre esas malditas pelotitas de goma que ponen para que no te patines pero que destruyen la ropa: divorcios fundados en objetos que  destrozan lavarropas, males cotidianos, pequeñas miserias. Qué sustancias o qué esfuerzos detienen un corazón y producen un mal irreversible? No lo sabemos. El tipo tirado aún sin respirar era la prueba de ello. Me acerqué a mis amigos, que contra un arco teorizaban en voz baja sobre defribiladores, masajes cardíacos y muertes súbitas en maratones.

Llegó el SAME en diez minutos y se llevaron al tipo. Jugamos un poco más, queríamos pensar que la cosa había tenido arreglo. Pasaron unas horas. Hoy leo en el diario que no fue así, que no hubo arreglo. El tipo se llamaba Horacio Mazza. El WhatsApp del grupo fútbol hizo el resto, la parca pasó de nuevo como mensajitos, renovando entre nosotros ese lazo gregario e inútil de la consolación ante la tragedia ajena. Los «carpe diem» tienen esto: siempre llegan tarde. Ahora llueve. Me quedé pensando que una muerte jugando al fútbol con amigos no es tan mala. A veces es así.