Neuromante, el nuevo clásico

«El ciberespacio. Una alucinación consensual experimentada diariamente por billones de legítimos operadores, en todas las naciones, por niños a quienes se enseña altos conceptos matemáticos…Una representación gráfica de la información abstraída de los bancos de todos los ordenadores del sistema humano. Una complejidad inimaginable. Líneas de luz clasificadas en el no-espacio de la mente, conglomerados y constelaciones de información. Como las luces de una ciudad que se aleja…

Neuromante es el nuevo clásico. Escrito por William Gibson hace 30 años, la edición que tengo en mi biblioteca es una de las últimas gemas de Minotauro: tapa dura y una traducción impecable, que permite que el párrafo anterior sea fluido aún en Español. Veamos sino esta contundente sentencia: «En una era de belleza asequible, la fealdad tenía algo de heráldico».

Volvamos. Gibson en su primera novela de jovencito, anticipó perfectamente el ciberespacio. Leí «Neuromante» en 1997, dos años después de Internet comercial en Argentina. Me costó, me fascinó. Recuerdo las visiones de bloques antivirus como «hielo», bares de mutantes  a lo Blade Runner, húmedos puertos Japoneses donde se cocinaba el mejor ciberespacio y una Europa arruinada. Recuerdo haber sentido que Gibson estaba hablando de algo muy distinto a lo que me daban los proveedores de Internet de entonces, en la época inmediatamente posterior a las BBS de pantallas negras.

Ampliemos el zoom. En el arte todos lo copiaron a Gibson. Todos. Los hermanos Wachowski con su Matrix, la Lisbeth de Larsson es la Molly de Gibson, el héroe Case se «conecta» físicamente al ciberespacio tal como se intenta en laboratorios. Las redes sociales son una estúpida simulación de esto. Gibson ayudó a entender lo que sería Internet y creó una estética sucia y desapasionada, sin esperanzas, luego reciclada hasta el hartazgo.

Concedamos que este presente no es el futuro de Neuromante. Los hackers traspasan barreras, sí, pero el viejo orden predomina. La realidad virtual no está plenamente resuelta. El hacker es visto como un nerd gordo y antisocial, pero no es este genial ángel caído de Case, dañado por drogas rivales y que «aún soñaba con el ciberespacio, la esperanza desvaneciéndose cada noche. Toda la cocaína que tomaba  (…) y aún veía la Matriz durante el sueño, brillantes reticulados de lógica desplegándose sobre aquel incoloro vacío (…) ahora él no era operador ni vaquero del ciberespacio.» En la desesperación de Case hay vestigios de la autodestrucción atemporal de Kerouac,  Fante y Bukowski.

Qué más? Hablemos en términos de producto. El simstim al que se conecta Case es lo que Facebook quisiera hacer con Oculus Rift si todos los vectores estuvieran alineados. Hablemos del éxito: Gibson ganó el Grand Slam de los títulos nobiliarios de sci-fi (premios Hugo, Nébula, Dick). Hablemos sobre la vigencia: Snowden parece un personaje gibsoniano, y posteriores novelas de Gibson anticipan ciber terrorismo y neutralidad de redes. Pero hay algo más: Gibson pone la semilla del hilo conductor de este blog, y es que los cambios culturales ahora los produce la tecnología. Niños apretando el botón del ascensor con el pulgar, continua atención dispersa, gente infoxicada en sus laburos, la capacidad de vincular conceptos como hipervínculos, sentir escasísimo compromiso laboral. Todos, de algún modo, somos parte de la herencia del Neuromante que Gibson convirtió en clásico hace treinta años.

2 Comments

  1. Otra idea interesante en el mismo camino, e igual de profetica, es la wikipedia llevada al extremo y la simulación universal que propone David Brin en la serie de Uplift Novels. Todas estas cosas se terminan convirtiendo en ejercicios irrestrictos de la imaginación que empujan a muchos a intentar lograrlos en la realidad. En ese camino, a alguien se le ocurrirá como hacer un sable laser y alguien descubrirá como viajar al espacio infinito. Así Julio Verne no predijo el submarino ni el vuelo a la luna, sino que plantó la semilla para que algún niño cuando se hizo adulto construyera ese submarino y otro viajara a la luna.

  2. Amen. Y si la profecía encima goza de algún vuelo estético, tanto mejor.

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