Hay frases hechas. No es que deban significar algo, la gente las dice para amaestrar circunstancias, para domesticar esperas de ascensores con extraños o trámites hondamente aburridos. La gente, por ejemplo, dice que las cosas no vienen solas. Si las ideas son islas de certidumbre, esta frase es un mar de vaguedades que diluye toda esperanza de entender algo. Pero vale el placebo: dicha la frase, la plebe asiente calladamente e irradia un halo de nulidad mineral. En mi caso hubo en pocos días cambio de trabajo, declinación de mi madre en su enfermedad, y mudanza. El mismo día tormentoso que los bártulos eran izados por obreros con sogas temblorosas por el balcón de Santos Dumont –esa imagen conservaré de la mudanza a Chacarita– la internaban a mi vieja. Pocos días después fallecía; y si bien era previsible, el no ser de la enfermedad y de la invalidez es de un tenor menor que el no ser definitivo. Prefiero lo anterior, recordarla en su callada vigencia de cafés y libros. El día que finalizaron sus trámites de cremación era un lunes soleado de octubre. Quise correr e inauguré el nuevo territorio del que disponía, precisamente los alrededores del cementerio de Chacarita.

No es algo que pudiera comentar ni ser entendido por la misma gente que prefiere creer que las cosas no vienen solas. En mi caso es un exorcismo, una pulsión, una necesidad fisiológica. Soy feliz en el rato que sigue a una buena corrida, y ese lunes, yendo por Jorge Newbery, nadie hubiera adivinado que ya había recorrido esas calles con un destino de burocracia ominosa. De esa mañana de papeleo en la oficina central del cementerio sólo recuerdo un viejo de piel grasosa, pelo teñido peinado con gomina hacia atrás, y camisa negra con manchas. Rodeaba el edificio y al llegar a la estatua de José Ingenieros hacía gestos con la mano derecha hacia las palomas que volaban en torno a la chimenea del crematorio. Las miraba y siseaba, no se sabe si alejándolas o saludando su aleteo. El hombre iba y venía, y cada vez que llegaba a la estatua musitaba esa larga ese sinuosa con la que pretendía comandar a las aves. En general no me meto con la gente, pero le pregunté por qué tantas palomas. Me dijo sin mirarme “les gustan las cenizas”, y se alejó siseando.

Así que allá fui, tratando de olvidar el destino colombino de mi madre, trotando lentamente desde casa hasta ese punto inicial en Guzmán y Jorge Newbery, donde hay un “cero km” marcado gentilmente en amarillo. El letrero “Cementerio del Oeste” destacaba sobre un cielo algo más gris en el horizonte, con rayos que se filtraban y daban en las copas de los árboles de Jorge Newbery. Comencé la corrida por el lado fácil, a lo largo de un kilómetro de pasto suave y senda para bicicletas. Las luces de los faroles se iban encendiendo; a mi derecha estaba el paredón que me separaba de la otra ciudad. No pasaba mucha gente y el tránsito era escaso, como si las barreras hubieran detenido el torrente más allá. Pensé que el panorama hubiera sido semejante cincuenta o sesenta años atrás, con los viejos bares de techos ladeados de chapa. La única interrupción en el ondular del terreno eran las entradas de autos, signadas por oscuridad y asfalto, y la brutal visión interior del cementerio abriéndose al infinito, con un gran ángel de mármol blanco en la entrada. Paré un segundo, acercándome a la verja cerrada, para contemplar su mirada ciega y el ajedrez de tumbas desplegadas hacia el infinito. Ningún corredor a la vista.

La cercanía de los trenes marca el recorrido. El corredor no puede abandonarse en sus pensamientos: cada medio kilómetro –o cosa parecida– hay una barrera que cruza el paso, pues –sépalo el lector extranjero– en Buenos Aires no hay muchos túneles ni puentes, sino una convivencia feroz entre peatones y vehículos. Así que ya en ese ángulo obtuso con Warnes, al cumplir el único kilómetro tranquilo de césped, el azar determina que se pueda pasar o no: tras sólo medio kilómetro de talleres desolados ocurre lo mismo con otras vías, y ya en Garmendia se restablece cierta calma alterada por los floristas y nuevas vías próximas, esta vez sin barreras a la vista.

Todavía no hay corredores a la vista pero surge un viento inclemente que viene del Este, del río distante. Dos bruscos virajes en ángulo recto dan cuenta de que esto no es un cuadrilátero sino más bien un hexágono irregular, que comienza a emprolijarse en el asfalto de Avenida Del Campo. Las puertas del Cementerios Británico y Alemán son visibles, los cuidadores ya se han marchado, y los muros siempre a la derecha se elevan unos tres metros. Al igual que los trenes en su paso cercano, la altura de la pared infunde respeto. Todo el conjunto de edificios y vías parece hecho para criaturas monstruosas, todo es desproporcionado y desalentador: me digo que si puedo entrenar aquí, podré hacerlo en cualquier caso. La gente que dice frases diría que lo que no nos mata, y etcétera, y apuro el paso hacia Elcano.

Bajo los árboles ya apenas se ve. Los ómnibus, mayormente azules y rojos, avanzan raudos a mi izquierda hacia la estación de Chacarita, deshaciendo fantasmas a su paso. Las puertas del cementerio central están cercanas y siento un escalofrío cuando trastabillo contra el asfalto desparejo. No voy muy rápido, a cinco minutos el kilómetro, pero inconscientemente aprieto el paso. Las sombras avanzan.

Aparecen dos corredores a tono con el ambiente: aspecto torvo, gesto concentrado, no saludarán. El circuito los ha moldeado a imagen y semejanza. Doblo y ya estoy cerca de Corrientes, las marcas de medio kilómetros se dejan ver apenas entre los jirones de luz de mercurio. Ya es casi noche en el rumor de la avenida. Una entrada principal y más carteles que persisten en declarar “Cementerio del Oeste”, un triunfo de muertos sobre vivos, un cuadro de Brueghel pero en vivo. Me pregunto cómo habrá sido esto en la época de pestes –un tercio de la población muerta por la fiebre amarilla–. La marca de km que esperaba, coincidente con esta entrada, no está; los muertos probablemente la hayan ganado para su causa, y estén corriendo postas por dentro del cementerio mismo.

Se abre Guzmán, se va diferenciando de Corrientes como alimentado por un rencor. Se atisba en la distancia la esquina inicial con Jorge Newbery y hay alivio en sentir que el punto inicial está cerca, que más allá está la calle Rodney y su bar hecho canción. Justo en ese momento veo que parado en el kilómetro cero un atleta elongando, vestido con calzas largas y remera negra. Marco el kilómetro en el Timex y me detengo; sin mirarme me dice quedamente “Acá no viene mucha gente”, mientras sigue con su elongación. Su voz es un crepitar hecho más bien de consonantes, y para mi sorpresa, es una voz de mujer. Se acomoda el flequillo rubio ceniza bajo de una gorrita negra de dri-fit. Me dice, mirándome fijo: “seguime, hagamos un pique hasta las vías”.

De golpe me ha caído encima todo: la mudanza, los cambios, la muerte. Vacío de suspicacias y de energías, acepto sin pensar, me digo que es sólo un kilómetro más. Giro, dándole la espalda y la iniciativa a la mina, que sale disparada; tardo en arrancar, y trato de seguirle el ritmo. Ella va por el césped, no parece importarle el terreno desparejo. Decido pasarme a la bicisenda para no tropezar a esa velocidad. Tiene un tranco increíble, estira las piernas, los brazos apenas se mueven, y la cabeza flota alejada del piso pero sin bambolearse. La forma de su cadera apenas está, pero tiene el estilo de una modelo de alta costura. A nuestra derecha se vuelve a ver la estatua del ángel, animado de un extraño fulgor, detrás tras la verja y delante de la gran oscuridad. Me lleva fácil veinte metros cuando suena el tren a lo lejos, a unas dos cuadras, y me alivia pensar que este galope terminará pronto. La flaca apura el ritmo, ya casi estamos, cien metros, cerca de la curva que desemboca en la barrera. La gente en los autos espera que nos detengamos; y por lo general, yo le hago caso a la gente.

La flaca pasa, increíblemente pasa, sus zapatillas Asics algo raídas son lo último que aprecio antes de la silueta borrosa del tren. Entre vagón y vagón veo que se ha detenido y junta el racimo de falanges que son sus manos en torno de su boca para decirme algo, por encima del estrépito del tren. No estoy seguro de haberlo escuchado, más bien leí sus labios o me pareció intuir lo que decía. “Tu vieja está tranquila. Acá los libros sobran. Ahora está bien.” Y parte rauda, a menos de tres el kilómetro, sin importarle estar corriendo por la vía misma.

Me quedé mirando el furgón de cola, bamboleando contra las vías, los rayos rasantes del sol poniente fileteando el techo de tonos naranjas. La villa a mi izquierda mostraba el movimiento de la gente, retornando con paso cansino. Tuve ganas de volver a casa, ni siquiera pensé en andar buscando explicaciones; además, las cosas no vienen solas. Me limité a asentir, y di media vuelta, trotando muy lentamente de regreso.

DCS, Octubre 2006