Estos días cometí algunas abominaciones en serie. El Lunes fui a comprar unas zapatillas de fútbol 5 –deporte que hace quince años no practico-. Sólo encontré modelos de encendido color flúo que compré de todos: la fuerza de los compromisos. Jugué a la noche, sorprendido por mi falta de coordinación y el miedo a romperme. Mi equipo, la pelota, y el equipo contrario eran un caleidoscopio inmanejable que variaba a cada instante. El entrenamiento de marathones, natación y estiramiento no tenía nada que ver con los esfuerzos cortos y los deportes en grupo. Lo que más me costaba era reaccionar con rapidez ante un amague del rival. Kobe Bryant explica bien en este genial video ese estado de gracia deportivo que es estar “en la zona”. Yo debo haber estado en la antizona.

Hoy Martes todavía pago las consecuencias del esfuerzo. Tuve un trámite importante donde sospeché acertadamente que no tenía todos los papeles. No tuve margen de maniobra: eran meses perdidos hasta esperar que la burocracia, esa rueda infinita de Sivah el destructor, se acomodara. Horas después tuve una reunión donde sospecho que fui demasiado espontáneo con un interlocutor que esperaba de mí “esa” respuesta clave que nunca llegó. El balance que me quedó de ambos días fue un “deja vú” al revés: ya había tenido esa sensación pero la había olvidado. Había sentido que estaba perdiendo plasticidad en el pensamiento.

Lo resumo de este modo: qué tal si perdemos la facultad no solo de tener ideas sino de acomodarnos al mundo? Qué tal si, a pesar de decidirnos a tomar la píldora roja de la realidad –en los términos de la película Matrix, una elección- la biología de nuestro cerebro nos estuviera limitando opciones? Qué pasaría si cada vez viéramos al mundo más del modo en que nos conviene, y menos del modo en que es? Si así fuese nos sería más difícil salir inmunes de situaciones complejas, donde en otros momentos confiábamos en nuestra creatividad: un deporte, una conversación, un trámite.  Habríamos perdido el detalle de la figura, el enfoque adecuado, la mirada “out of the box”. Esta conducta, llevada al extremo en una sociedad, explicaría -al menos de un modo parcial- que un país puede perder la plasticidad, dejar de ver los grises, y tornarse bipolar.

Me puedo entregar a un inventario de consuelos: en los últimos quince minutos del partido jugué mejor. Al final de la burocracia me entregué al destino sin ponerme de mal humor. A la mitad de la reunión cerré la laptop y le hice un chiste a mi interlocutor. Quiero decir: hay esperanzas de mayor plasticidad. Pero creo que esta habilidad de entender mejor el mundo y tener ideas salvadoras seguramente disminuye con los años. La chispa de creatividad que es necesaria para cualquier innovación (y recuerdo el Training de Innovación de hace unos meses en Telefónica) puede apagarse y el único remedio es seguir intentándolo.

Tal vez por eso escribo hoy en este posteo de madrugada en Miércoles de feriado, cuando siento que mis piernas y mi espalda me piden que me vaya a la cama y que busque mayor plasticidad en mis sueños, donde jamás tengo problemas.