Índice

  • Clase 1: colgando de un hilo, con McEwan y Hardy
  • Clase 2: los oráculos en Calderón de la Barca, Shakespeare, Nabokov, Dixon
  • Clase 3: Conrad y el equilibrio entre personajes
  • Clase 4: recapitulación
  • Clase 5: la demora en Borges y Melville
  • Clase 6: lo que no se dice. Duras, Onetti, Bioy Casares.
  • Clase 7: ejercicios y recapitulación
  • Clases 8 y 9: lecturas de cuentos, Onetti, Cortazar

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Clase 1: Ian McEwan y Thomas Hardy

“Antes de ser la marca específica de un género, el suspense es el principio organizador de casi toda la narrativa, su recurso natural para mantener en vilo el interés del lector y anudar su empatía con la fortuna de los personajes o el narrador de un texto.

Este curso traza un recorrido por diversos momentos de suspense, presentes de manera más o menos flagrante en obras literarias cuya intención artística se aleja de las intenciones específicas del género policial o el thriller, sus formas más cristalizadas.

A la elucidación de los modos en que este resorte opera en cada una de las obras presentadas, le sigue una invitación —en forma de consignas de escritura— a poner a trabajar la herramienta misma del suspense en la producción de textos liberados de todo otro condicionamiento de género o estilo.” (tomado del texto introductorio del curso, para la clase 1).

Primer escena de “Enduring Love” (Mc Ewan)

Las dos preguntas fundamentales de la narrativa: causalidad (¿quién lo hizo?) y temporalidad (¿qué va a pasar ahora?). Suspender la respuesta a la segunda de estas preguntas es el germen de toda aventura.

Cliffhanger: el que “cuelga de un acantilado”. Dos novelas inglesas separadas por 120 años: David Lodge analiza un fragmento de Un par de ojos azules (1873), de Thomas Hardy; a la luz de este ejemplo iluminador, analizamos el uso del suspense en el comienzo de Amor perdurable(1998), de Ian McEwan.

David Lodge – El arte de la ficción

Hay un complemento entre suspenso y solidaridad. El lector siente empatía por lo que le ocurre al personaje. Suspenso = colgar de un hilo = cliff hanger. David Lodge explica en su libro la escena donde Knight, el protagonista de “A pair of blue eyes” (Thomas Hardy) queda colgado de un barranco esperando que Elfride vuelva por ayuda. Son páginas de pensamiento de Knight, matizadas del pensamiento victoriano (lo contempla el fósil de un trilobite, guiño al darwinismo), y ocultando al lector otros puntos de vista: solo está Knight. El castigo de la naturaleza aumenta aún más la empatía del lector hacia Knight.

Lodge elogia el arte de demorar las preguntas y las respuestas. “Qué hizo” es propio de detectives, “qué pasará luego” es de aventuras. Una manera de demorar es intercalar imágenes.

En “Enduring love” de McEwan hay un capítulo sobre la caída de Logan y luego se salta a la vida de los sobrevivientes.

Recursos: demorar el conflicto / explicar qué se va a resolver, qué está en juego / no generalizar sino dar detalles concretos / usar la textualidad de los gestos mínimos / que el solapamiento de nuevas preguntas no haga perder la trama.

Entonces, gran parte de la gracia de la literatura está en proponer una pregunta y demorar la respuesta.

De la novela de McEwan se leyeron dos páginas: la escena del picnic y el globo. El viento se prepara para un ataque. Los personajes parecen haber retenido el globo, pero miran y está por pasar algo. El posmoderno no le atribuye a la naturaleza una intencionalidad, el victoriano sí. Y esa escena se realza en la película, no tanto en la novela.

Elementos que aparecen en ese comienzo: pulsiones neuronales / variables en la ecuación / plan / cooperación / fuerza de la evolución / conflicto de mamíferos /ley física / aire cálido / “nunca vi nada más terrible que ese hombre cayendo” (medio cursi)

IMHO esto no funciona. McEwan desbarrancó desde Atonement para acá. Saturday era algo horrible. 

Finalmente, McEwan ntroduce la incredulidad. El intelectual desciende a lo más infantil para generar empatía. Suspenso y empatía van juntos.

Disclaimer: estas son mis notas, tomadas en el momento, sobre el curso “Suspenso más allá del suspenso” de Ariel Dilon en la Biblioteca Nacional (Junio – Agosto de 2017). No es reflejo fiel, etc, etc. 


Clase 2: Rosset, Sófocles, Calderón de la Barca, Shakespeare, Nabokov

nabokov

“Lo que se anuncia y se cumple o no. La forma oracular y el suspenso (Clément Rosset: Lo real y su doble). Momentos de suspenso y resolución en dramas y comedias clásicas. Shakespeare, Cervantes, Calderón. Crónica de una muerte anunciada, variación de la pregunta por lo que va a pasar: ¿por qué y cómo va a pasar?La divisa de toda buena literatura: “Decepcionar las expectativas del lector, dándole algo mejor a cambio”. (tomado del texto de Intro del curso)

…..

Rosset es muy narrativo. Pertenece a la escuela de grandes escritores frances que hacen filosofía. Pone en escena un personaje que atestigua la caída de un obrero desde un balcón. Pone énfasis en la condena de la gravedad, en la duración de la caída, en que se puede predecir el resultado de la caída. Algo de esto está en “Lo real y su doble”. Ahí Rosset analiza varios casos de literatura oracular. Una es el Edipo de Sófocles. Cómo se va a cumplir el oráculo? Qué hay de empatía?

Resumen en pdf de Rosset “Lo Real y su Doble”. Algunos conceptos: “Nada más frágil que la facultad humana de admitir la realidad, de aceptar sin reservas la imperiosa prerrogativa de lo real. Dicha facultad falla con tanta frecuencia, que parece razonable imaginar que no implica el reconocimiento de un derecho imprescriptible —el derecho de lo real a ser percibido—, sino que figura más bien como una especie de tolerancia,condicional y provisoria. Tolerancia que cada cual puede suspender a su gusto, tan pronto como las circunstancias lo exigen: un poco como las aduanas que pueden decidir de un día para el otro que la botella de licor o los diez paquetes de cigarrillos —«tolerados» hasta entonces— ya no pasarán. Si los viajeros abusan de la complacencia de las aduanas, estas se mostrarán firmes y anularán todo derecho de paso. De igual manera, lo real no es admitido más que bajo ciertas condiciones y solo hasta cierto punto: si abusa y se muestra desagradable, se suspende la tolerancia.”

Volviendo a la clase:

“los oráculos se cumplen y sorprenden por el cumplimiento”.

“anunciado x sueño o por premonición; pero no se produce como se esperaba”.

Rosset explica los autoengaños. Es el detractor de toda ilusión. Reivindica lo real.

Hay que decepcionar las expectativas del lector y darle algo mejor a cambio.

Fábulo de Esopo: sueño padre, hijo perece con un león. Padre hace edificio magnífico para que se distraiga. Pero eso aburrió al joven, que se acerca al león del muro y le pega. Astilla, infección, muere. El leon de pintura fue más mortífero. Cambiaron los detalles. Rosset habla de la moraleja de Esopo: aceptar el destino. Lo real se va a producir pese a todo. La precaución es el instrumento de la realización.

Edipo es lo mismo. Todo lo que hace resulta en matar a su padre y acostarse con su madre. El destino, por pereza, se encarga de nuevas formas para que los personajes caigan en sus garras.

Otro caso, “La Vida es sueño” de Calderón de la Barca. Mal sueño. Rey encierra al hijo. Le monta un Truman Show. Cuando el príncipe intuye la irrealidad de su vida, adquiere sabiduría. Efectivamente derrota a su padre pero no como el tirano predijo sino como un sabio.

Cuento árabe, en Bagdad se hallan un califa y su visir. El visir se presenta espantado, le dice q tropezó con mujer en la plaza. Esa mujer era la muerte. Le ha hecho un gesto. “Permitidme que huya a Samarkanda”. Y desapareció. El califa también se encuentra con la Muerte. Por que asustas? no quise hacerlo, me sorprendí, esperaba encontrarlo esta noche en Samarkanda y no en Bagdad”. Nunca tenemos todos los elementos a la vista.

Jugarreta en Macbeth. Las tres brujas vaticinan que ningún hombre nacido de mujer (x la cesárea) lo han de dañar. Le da impunidad. Y le dicen “sé temerario como el león, jamás serás vencido hasta que el bosque llegue a la colina Dunsinane”. Pero la trama de Shakespeare se las ingenia para cumplir las dos no-profecías.

Busco el texto real de Macbeth:

“Sé de corazón de león, orgulloso y no te preocupes

De quién proteste, se agite o donde están los que conspiran.

Macbeth no será derrotado hasta que

El gran bosque de Birnam suba a la colina de Dunsinane

Para combatirle”.

Para escribir necesitamos nuevas vueltas de tuerca, ser más astutos que el destino.

Tres casos modernos: la muerte de cada uno, x ej. Es el caso de empatía x excelencia.

Nabokov se dió un lujo. Cumplió lo anunciado en 1era frase (Risa en la Oscuridad) no hay salvación pero Nabokov muestra perdición: Albinus era un hombre rico, respetable, feliz. Abandonó a su esposa. Amó, no fue amado y su vida acabó en el desastre. O sea cuenta todo, pero dice “los detalles siempre se agradecen”. Y empieza la novela. Albinus se sospecha engañado por Margot, su amante. Decide retirarse del hotel en la Costa Azul donde está con ella. “hay mucha gente capaz, práctica. Albinus no sabía descorchar una botella … nunca desmontó su bicicleta… más tarde nunca se atrevió a tocar un cuadro… ” todo esto para decir que es un mal chofer. Piensa en Margot y Rex (el amante) y un botón de él se enredó en la mantilla de ella.

La carretera empieza a dar vueltas. Problemas para conducir. Piensa, celos. Le pregunta Albinus a ella sobre sus sospechas. “Parpadeando, la carretera reapareció” (el lector adivina que Albinus está llorando). Describe un barranco al lado de donde se detuvo el auto: sugiere la trampa de la empatía, sin decir el peligro. Desde muy abajo llegaba el ruido del agua. El sol achicharraba. De un lado la pendiente, del otro el sol le apuñalaba los ojos. Termina el capítulo con una vieja que mira el auto y unos ciclistas.

Asciende en el relato, describe desde un piloto “se podría ver hasta Berlin” donde pasa a narrar que pasa con la esposa abandonada de Albinus. Todo dicho con imágenes. Muchas imágenes desde las alturas. Vuelve al avión y a la vieja que juntaba hierbas en la montaña.

(demasiados recursos? demasiado exasperante? elevar la mirada, cambiar el punto de vista, para prolongar el suspenso).

Otro ejemplo extremo,  “Crónica de la muerte anunciada” de García Márquez. Desde el titulo se anuncia lo que va a pasar.

Le pregunté por la contradicción entre recetas, sequedad y contundencia vs todos estos detalles. Buena respuesta, encontrar la propia voz, desconfiar de los talleres. Me parece que por aquí está la clave, tomar solo un % pequeño de estos consejos.

Un cuento de Dillon: “el oráculo Chambón”. ocurre en China. roedor y escribiente. el ratón le anuncia la muerte a Me-Ping. Sucesivos anuncios. El ratón se descontrola porque el tipo no hace caso. Se pone blanco. El ratón muere. Entonces el ratón vio una muerte, pero no descifró quién moría. Todos estamos en la jugarreta de la muerte. Una justa ira hacia la muerte es un buen motor.

Stephen Dixon 80 años prof literatura como Lodge. Se está descubriendo ahora. Muy bueno. Hace vuelta de tuerco al realismo sucio norteamericano. Personajes muy reales y cotidianos. Se aburrió de la mera eficacia y añoró a Kafka e hizo trampas, fue un vanguardista en su vejez. En una novela “Interestatal” y en “Ventanas y otros relatos”, y en “Calles y otros relatos”, todos muy buenos. Son introspecciones delirantes con alto nivel de detalle. En Interestatal cuenta en pag 3 lo que va a pasar. Luego lo repite varias veces. Usa su miedo a que se mueran las hijas. Situación de “colgado” por el avión y la eventual caída. El cuento se llama “Volando”.

Notar que en el cuento de Dixon todo es real salvo elemento esencial q es el motor del relato. El lector sabe que en el fondo todo está mal.

Además el miedo opera como un oráculo. El miedo es un oráculo metido genéticamente, es lucidez, es saber que estás liquidado. En películas hay momentos en que ya se sabe todo, “La aventura del Poseidón”.

Hay más cuentos de Dixon en el blog de Eterna Cadencia.

Tarea: Personajes condenados en todo relato oracular. no zafan. Armar el abanico de opciones a lo Nabokov, pero con el tono propio. Suspenso, plantear pregunta, postergar respuesta, plantear nuevas preguntas con sutileza, con ironía. pero lograr empatía. Producir una situación de oráculo ya sea por algo sobrenatural, o de otro modo. O algo realista a lo Nabokov, vamos a morir pero te lo voy a contar. O a lo Dixon, una cosa instantánea, saliste del avión y estás muerto. Y la pregunta es de veras va a morir el personaje? Y cómo? Qué tanta densidad (de vuelta mi pregunta) eso tiene que ver con el suspenso, cuánto resiste este texto.

Disclaimer: estas son mis notas, tomadas en el momento, sobre el curso “Suspenso más allá del suspenso” de Ariel Dilon en la Biblioteca Nacional (Junio – Agosto de 2017). No es reflejo fiel, etc, etc. 


Clase 3: el equilibrio entre personajes de Conrad

Difícil equilibrio. Esta vez la cuerda del suspenso (y de la empatía) se tiende entre dos antagonistas, cada uno de ellos mano a mano con su destino: Joseph Conrad y el final de El duelo. Se sugiere una edición de Perfil con traducción de Elvio Gandolfo. Se llevó al cine con el título “Los duelistas”. También se lo encuentra en varios pdf (traducciones dudosas, pero buena ayuda).

Resumen de una de las tantas fuentes en web, editado y acortado:

El teniente D´Hubert y el teniente Feraud son dos jóvenes oficiales del ejército napoleónico. Un exceso del temperamental Feraud los lleva a una situación de honor de la que ninguno de los dos puede salirse. De allí en más ocurrirá una serie de duelos entre ellos que durará quince años de sus vidas. En el medio avanzan en sus carreras militares y son presa de los sucesos históricos.

El hecho que suscita el malestar entre D´Hubert y Feraud es tan nimio, tan poca cosa, que nadie lo entendería, y ellos lo saben. Por eso, porque no explican lo que les ha sucedido al principio de la disputa, el asunto del duelo adquiere proporciones de mito en el ejército francés, reforzado todo esto por el hecho de que los protagonistas llegan incluso a pelear juntos en una batalla, hombro con hombro contra el enemigo ruso que los persigue, y hombro con hombro (en equipo, diríamos) se salvan. Desde una posible lectura alegórica los dos rivales son símbolos de mundos opuestos. Feraud es impulsivo y antipático. Con un fuerte componente antisocial, nada en él puede catalogarse de normal. Su excepcionalidad es su forma de vivir en el exceso de las pasiones. Un personaje romántico por excelencia. D´Hubert en cambio es la mesura personificada. Buenos gestos hacia su rival, caballerosidad a toda prueba y sensatez, D´Hubert es el clasicismo hecho hombre. Este choque de dos hombres es el choque de dos paradigmas. Lo extraño es que lo haga Conrad, cien años después del choque neoclasicismo-romanticismo y cincuenta años después del choque romanticismo-naturalismo.

Corrección de los trabajos en clase: tratar de contar más, con los personajes, con la simpatía que generan. Los personajes son más complejos que “querer tener hijos” (este consejo surge de un cuento leído en clase). Somos más que un anhelo de paternidad.

Un personaje es una voz. Tiene cosas creíbles o no. Elige palabras, tiene un tono, se le descubren  trampas y repeticiones. Tiene obsesiones.

Luego se leyeron cuentos varios:

– el mencionado de los intentos de maternidad y diferentes parejas.

– la muerte te encontrará en Bolivia (el recurso web que le pone fantasía a todo, y el tono más bien grotesco)

– oráculo de bruja sobre muertes en el aire y en el agua (aquí una linda idea, el encastre entre belleza y fealdad)

Disclaimer: estas son mis notas, tomadas en el momento, sobre el curso “Suspenso más allá del suspenso” de Ariel Dilon en la Biblioteca Nacional (Junio – Agosto de 2017). No es reflejo fiel, etc, etc. 


Clase 4: recapitulación

Volviendo a “Los Duelistas” de Conrad, hay dos cuestiones.

  • Cómo establecer el suspenso entre dos figuras. Los nombres Feraud (feroz, orgulloso) y D´Hubert (vaga connotación a apertura, a lo abierto) se contraponen.
  • Hay una caja de resonancia entre los hechos personales y los del contexto de la guerra grande. El truco es llenar este espacio con hechos valiosos. Se demora el desenlace pero no el contenido o la potencia del texto. Conrad mete contenido entre estos dos planos.

El autor lo sigue más a D´Hubert. Tras esas 30 páginas iniciales hay sensación de vuelco. El lector se cuestiona, Conrad quiso ser ecuánime con las dos visiones. Ahí se resuelve el conflicto suspenso – empatía. Hay posible lectura de que D´Hubert era un panqueque. Pero tener presente que el escritor no juzga a sus criaturas.

Conrad hace surgir ese duelo de la nada, en una página. El rencor es el motor de la novela. Feraud es la fuerza motriz, mueve todo. D´Hubert tiene la sensación de batirse con un enemigo más cósmico, mayor, no un simple soldado, sino un enemigo absurdo.

Nadie sabe por qué el duelo. Ni los padrinos. Se mantiene esto hasta el final.

Escena final, hay un ejercicio interesante de persecución y situar a cada momento a los personajes, una gran geometría fractal. Un bosque no es un espacio con referencias claras, es complejo, hay que narrar lo que hacen con sus cuerpos, y describiendo las continuas posiciones y amenazas.

Detalles que dan espesor a los personajes: chupar una naranja antes del duelo final. En medio del desenlace D´Hubert añora una segunda naranja. Tiene que ver o no? Todo lo imprevisto agrega relieve.

D´Hubert se apura, se pone loco, apura el duelo. Pero luego de la naranja está tranquilo. En el final Conrad  le agrega tarde algunos matices al personaje: su camisa blanca, su estuche de piel, sus cosas vanidosas. El susto de Feraud al ver en un lugar impensado a D´Hubard asusta al lector, le hace pensar en la fragilidad del otro.

Cuando se pasa a la cabeza del otro personaje usando el tono y la emoción del personaje, es relato indirecto. “Lo tumbé” es estilo directo. Pero “miró casi atemorizado” lo dice el narrador con el modo del protagonista.

Están por encontrarse y Conrad mete más dilaciones (algunas insoportables, para mí, para qué volver al pasado en medio del final?).

Hay recursos casi de cine: “una leve neblina de humo se sostenía frente a su rostro”.

Ejercicio de escritura: lograr el balance entre dos personajes que no logró Conrad.

Construir y llevar adelante una situación de confrontación, no necesariamente completa o resuelta, usando todos los recursos posibles para que el lector vea la contraposición de caracteres, diluyendo donde esta la empatía. Dos personajes, dos familias.


Clases 5: circunloquios de Borges

El arte de empezar (o enganchar por la retórica): suspenso y circunloquio.

Los comienzos en Borges. Tlön.

“Debo a la conjunción de un espejo y de una enciclopedia el descubrimiento de Uqbar. El espejo inquietaba el fondo de un corredor en una quinta de la calle Gaona, en Ramos Mejía; la enciclopedia falazmente se llama The Anglo-American Cyclopaedía (New York, 1917) y es una reimpresión literal, pero también morosa, de la Encyclopaedia Britannica de 1902. El hecho se produjo hará unos cinco años. Bioy Casares había cenado conmigo esa noche y nos demoró una vasta polémica sobre la ejecución de una novela en primera persona, cuyo narrador omitiera o desfigurara los hechos e incurriera en diversas contradicciones, que permitieran a unos pocos lectores -a muy pocos lectores- la adivinación de una realidad atroz o banal. Desde el fondo remoto del corredor, el espejo nos acechaba. Descubrimos (en la alta noche ese descubrimiento es inevitable) que los espejos tienen algo monstruoso. Entonces Bioy Casares recordó que uno de los heresiarcas de Uqbar había declarado que los espejos y la cópula son abominables, porque multiplican el número de los hombres. Le pregunté el origen de esa memorable sentencia y me contestó que The Anglo-American Cyclopaedia la registraba, en su artículo sobre Uqbar. La quinta (que habíamos alquilado amueblada) poseía un ejemplar de esa obra. En las últimas páginas del volumen XLVI dimos con un artículo sobre Upsala; en las primeras del XLVII, con uno sobre Ural-Altaic Languages, pero ni una palabra sobre Uqbar. Bioy, un poco azorado, interrogó los tomos del índice. Agotó en vano todas las lecciones imaginables: Ukbar, Ucbar, Ookbar, Oukbahr… Antes de irse, me dijo que era una región del Irak o del Asia Menor. Confieso que asentí con alguna incomodidad. Conjeturé que ese país indocumentado y ese heresiarca anónimo eran una ficción improvisada por la modestia de Bioy para justificar una frase. El examen estéril de uno de los atlas de Justus Perthes fortaleció mi duda.”

Dos artistas (rusos) del comienzo: desde Ana Karenina de Tolstoi a Risa en la oscuridad de Nabokov.

Una barba de ballena como muestra: el comienzo de Moby Dick. La desmesurada postergación del devenir (de la aventura) en los primeros capítulos de la gran novela de Melville.

Comienzo de Moby Dick:

Llamadme Ismael . Hace unos años -no importa cuánto hace exactamente-, teniendo poco o ningún dinero en el bolsillo, y nada en particular que me interesara en tierra, pensé que me iría a navegar un poco por ahí, para ver la parte acuática del mundo. Es un modo que tengo de echar fuera la melancolía y arreglar la circulación. Cada vez que me sorprendo poniendo una boca triste; cada vez que en mi alma hay un nuevo noviembre húmedo y lluvioso; cada vez que me encuentro parándome sin querer ante las tiendas de ataúdes; y, especialmente, cada vez que la hipocondría me domina de tal modo que hace falta un recio principio moral para impedirme salir a la calle con toda deliberación a derribar metódicamente el sombrero a los transeúntes, entonces, entiendo que es más que hora de hacerme a la mar tan pronto como pueda. Es mi sustituto de la pistola y la bala. Catón se arroja sobre su espada, haciendo aspavientos filosóficos; yo me embarco pacíficamente. No hay en ello nada sorprendente. Si bien lo miran, no hay nadie que no experimente, en alguna ocasión u otra, y en más o  menos grado, sentimientos análogos a los míos respecto del océano”.


Clase 6 

Lo que no se sabe narra. Quién es ese tipo: construcción especulativa de un personaje (y del interés literario) a partir de indicios equívocos sobre el Otro en Los adioses, de Juan Carlos Onetti. Los personajes-enigma en Marguerite Duras. Suspensión del juicio sobre lo real: un vacío que se llena de relato en El año pasado en Marienbad (con una reverencia al pasar a La invención de Morel, de Bioy Casares). La extrema variación beckettiana de la pregunta narrativa, o la literatura en el punto ciego del relato: ¿quién habla en lo que se dice?

Prólogo al “Desayuno de Campeones” de Kurt Vonnegut.

“El Desayuno de los Campeones es el nombre de unos cereales para el desayuno, marca registrada por General Mills, Inc. La utilización de ese mismo nombre como título de este libro no pretende sugerir ninguna relación especial con General Mills ni ningún patrocinio por su parte. Tampoco debe tomarse como un menosprecio a sus selectos productos. La persona a quien está dedicado este libro, Phoebe Hurty, ya no se cuenta entre los vivos, como suele decirse. Era una viuda que conocí en Indianápolis bien entrada la Gran Depresión. Yo tenía unos dieciséis años y ella alrededor de cuarenta. Era rica pero no había dejado de trabajar ni un día, así que seguía haciéndolo. Escribía una columna, sensata y divertida, de consejos para enamorados en el Times de Indianápolis, un buen periódico ya difunto. Difunto. También escribía anuncios para la Compañía William H. Block, unos grandes almacenes que aún siguen marchando muy bien en un edificio que diseñó mi padre. Una vez, con ocasión de unas rebajas de verano, escribió un anuncio para unos sombreros de paja que decía: «A este precio, puede ponerle sombrero a su caballo y hasta a sus rosas». Phoebe Hurty me contrató para hacer los anuncios de ropa para adolescentes. Yo tenía que usar la ropa que anunciaba. Eso era parte del trabajo. Me hice amigo de sus dos hijos, que eran más o menos de mi edad, y siempre estaba metido en su casa. Cuando se dirigía a sus hijos o a mí o a las amigas que llevábamos a su casa, soltaba tacos. Era una mujer muy divertida e irradiaba a su alrededor una sensación de libertad. Nos enseñó a hablar abierta y descaradamente no sólo de las cuestiones sexuales sino de la historia estadounidense, de los héroes famosos, de la distribución de la riqueza, de la enseñanza y de cualquier cosa imaginable.

Ahora yo me gano la vida siendo descarado. Aunque intento imitar, torpemente, aquel descaro que en Phoebe Hurty tenía tanta gracia. Creo que a ella le era más fácil que a mí ser graciosa, dado el ánimo general que reinaba en la época de la Gran Depresión. Ella creía en lo mismo que tantos estadounidenses creían por aquel entonces: que, cuando llegase la época de la prosperidad, el país sería feliz, justo y racional. Nunca más he vuelto a oír esa palabra: prosperidad. Era sinónimo de paraíso. Y Phoebe Hurty creía que esa forma de hablar sin tapujos, que tanto recomendaba, conformaría el paraíso americano. Ahora su descaro está de moda. Pero ya nadie cree en el paraíso americano. La verdad es que echo mucho de menos a Phoebe Hurty.

En cuanto a la sospecha que dejo entrever en este libro de que los seres humanos son robots, máquinas, tengo que aclarar que, cuando yo era un niño, las personas que padecían sífilis, hombres en su mayor parte, sufrían, durante la última fase, locomotor ataxia y eran un espectáculo corriente en el centro de Indianápolis y entre las multitudes que se apiñaban en las plazas. Eran personas que estaban invadidas por unos pequeños sacacorchos carnívoros que sólo podían verse a través del microscopio. Y esos sacacorchos, después de comerse la carne que hay entre las vértebras, dejaban a sus víctimas con los huesos de la columna soldados. Así que los sifilíticos caminaban muy erguidos, mirando fijamente hacia delante, lo que les daba un aspecto muy digno. En una ocasión vi a uno que estaba en el bordillo de la esquina de la calle Meridian con la calle Washington, bajo un reloj colgante que había diseñado mi padre. Aquella esquina era conocida por todos como «El Cruce de América». Y aquel sifilítico estaba allí, en el Cruce de América, concentrado, pensando en cómo hacer para que sus piernas bajaran del bordillo y le transportasen al otro lado de la calle Washington. Temblaba ligeramente, como si llevase por dentro un motorcito al ralentí. Su problema era que los sacacorchos le estaban comiendo vivo el cerebro, que es de donde parten las instrucciones para las piernas. Los cables que transportan las instrucciones ya no tenían aislante o estaban totalmente carcomidos. Y los interruptores distribuidos por el circuito se habían quedado atascados. Aquel hombre parecía viejo, muy viejo, aunque probablemente no tuviese más de treinta años. Estuvo pensando y pensando. Y luego levantó la pierna dos veces seguidas como una corista. A mí, que era un niño, me pareció que era un movimiento como de robot”.

Comienzo de “Risa en la oscuridad” de Nabokov:

“Érase una vez un hombre que se llamaba Albinus y vivía en Berlín, Alemania. Era rico, respetable, feliz. Pero un día abandonó a su esposa por causa de una amante joven; amó, no fue amado, y su vida acabó en el desastre. Ésta es toda la historia, y en eso podríamos haberla dejado de no reportarnos provecho y placer el relatarla; y aunque hay suficiente espacio en una lápida para verter, sintetizada y encuadernada en musgo, la glosa de la vida de un hombre, a todo el mundo le gusta conocer pormenores.

Y dícese que una noche entre las noches, Albinus concibió una idea feliz. Cierto es que no le pertenecía del todo, pues se la sugirió una frase de Conrad (no del famoso polaco a quien todos conocemos, sino de Udo Conrad, el autor de las Memorias de un hombre desmemoriado y de aquella otra acerca del viejo mago que se hizo desaparecer a sí mismo en su sesión de despedida). En cualquier caso, Albinus hizo suya la idea, gustando de ella, jugando con ella y dejando que se desarrollase en su interior, cosa bastante para conferirnos derecho a la propiedad legal en la ciudad libre del pensamiento. Como crítico de arte y experto en pintura, a menudo hallaba diversión en atribuir a este o aquel viejo maestro paisajes y rostros que él, Albinus, encontraba en la vida real. Esto trocaba su existencia en bella pinacoteca, atestada de deliciosas falsificaciones. Una noche, mientras concedía unas vacaciones a su erudito cerebro escribiendo un pequeño ensayo (nada brillante, desde luego, pues no era un hombre de dotes excepcionales) sobre el arte del cinema, le llegó la hermosa idea.

Estaba relacionada con los dibujos en colores animados, que acababan de aparecer en aquella época. «¡Qué fascinante sería —pensó— poder reproducir en vívidos colores algún cuadro famoso, con preferencia de la Escuela Holandesa, y darle vida, llevándolo a la pantalla e imprimirle movimientos y gestos en completa armonía con su inmovilidad! Por ejemplo, una cervecería, con unas pocas gentes junto a mesas de madera bebiendo en abundancia, desde la que se viese un retazo de patio soleado y enjaezados caballos. De pronto, todo cobra vida: aquel hombre pequeño vestido de rojo deposita su bock sobre la mesa, se libera la muchacha de la bandeja de su estática postura, y picotea la gallina el suelo, en el umbral. Luego, podría hacerse que las diminutas figuras salieran de la taberna y se pasearan por un paisaje del mismo pintor, que mostrara, acaso, un cielo pardo y un canal helado, donde gentes, con aquellos curiosos patines que se usaban en otros tiempos, deslizándose, trazaran las anticuadas espirales esbozadas en el cuadro; o un camino húmedo, bajo la niebla, y dos jinetes recorriéndolo. Por último, todos regresarían a la taberna y, poco a poco, imágenes y luces cobrando su orden primitivo, colocándose en su sitio, para completar toda la escena con el primer cuadro. Podría también probarse con los maestros italianos: el cono azul de una colina que asoma en la distancia, un blanco camino serpenteante, pequeños peregrinos ascendiendo a todo lo largo… E incluso quizá temas religiosos, pero sólo aquellos de figuras menores. Y el dibujante habría de poseer un profundo conocimiento del pintor de que se tratase y de su época, y, además, estar dotado del talento suficiente para no incurrir en ninguna inconcordancia entre los movimientos que reprodujera y los plasmados por el viejo maestro: tendría que extraerlos del mismo cuadro… ¡Oh, si pudiera realizarse! Y los colores…, los colores serían, de fijo, mucho más atractivos que los de los dibujos animados… ¡Qué cuento podría hacerse! ¡El cuento vislumbrado por un artista, el feliz viaje del ojo y del pincel, el mismo del pintor escogido, pero vivificado con los tintes que él, Albinus, había descubierto!». 


Clase 7 – Lectura de cuentos

Algunos tips:

En cuanto a mi cuento: poner la distancia justa. Meterle más picante al narrador. Por qué le llama la atención la foto? No ser tan neutro, preparar la caja china -que parece mejor armada- con algún nerviosismo del narrador. Menos cliché de belle epoque, más darse cuenta de cuán juntas están las mesas en un bar.

Comentarios sobre otros cuentos:

  • Recomiendan a un cuento de  Chuck Palahniuk “Tripas“.  Empieza asì: “”Inhala. Coge tanto aire como puedas. Esta historia debería durar aproximadamente lo que puedas aguantar tu respiración, y entonces solo un poco mas. Así que escucha tan rápido como puedas. Un amigo mío, cuando tenia trece años oyó hablar de “hacerse estacas”.
  • Cuando un texto funciona en clase, no hay mucho para aportar. Los que escuchan no hacen sugerencias. Funciona igual con el lector.
  • Hit: “selección del campo semántico”. Gran comentario.
  • Ejercicio: armar textos juntando todas las recomendaciones de las clases pasadas.
  • Leer “Las babas del diablo” de Cortazar (origen de Blow up de Antognoni) y “Los adioses” de Onetti.
  • Nuevos textos poniendo en práctica todos los tips previos (suspenso, empatía, demora, etc).


Clases 8 y 9 – Lectura de cuentos

Algunos tips:

Acerca de los tiempos en la escritura, no está mal plantear desde el inicio de un cuento que todo está mal. Un ejemplo es “Después del almuerzo” de Cortázar donde el lector se solidariza con el conflicto entre hermanos. Textual:

“Después del almuerzo yo hubiera querido quedarme en mi cuarto leyendo, pero papá y mamá vinieron casi en seguida a decirme que esa tarde tenía que llevarlo de paseo.

Lo primero que contesté fue que no, que lo llevara otro, que por favor me dejaran estudiar en mi cuarto. Iba a decirles otras cosas, explicarles por qué no me gustaba tener que salir con él, pero papá dio un paso adelante y se puso a mirarme en esa forma que no puedo resistir, me clava los ojos y yo siento que se me van entrando cada vez más hondo en la cara, hasta que estoy a punto de gritar y tengo que darme vuelta y contestar que sí, que claro, en seguida. Mamá en esos casos no dice nada y no me mira, pero se queda un poco atrás con las dos manos juntas, y yo le veo el pelo gris que le cae sobre la frente y tengo que darme vuelta y contestar que sí, que claro, en seguida. Entonces se fueron sin decir nada más y yo empecé a vestirme, con el único consuelo de que iba a estrenar unos zapatos amarillos que brillaban y brillaban.

Cuando salí de mi cuarto eran las dos, y tía Encarnación dijo que podía ir a buscarlo a la pieza del fondo, donde siempre le gusta meterse por la tarde. Tía Encarnación debía darse cuenta de que yo estaba desesperado por tener que salir con él, porque me pasó la mano por la cabeza y después se agachó y me dio un beso en la frente. Sentí que me ponía algo en el bolsillo.

-Para que te compres alguna cosa -me dijo al oído-. Y no te olvides de darle un poco, es preferible”.

En “A sangre fría” de Capote ocurre lo mismo. El lector se solidariza con el asesino. Pero se debe notar que la empatía y el suspenso no siempre van tan de la mano. Sobre esto, Nabokov dice que hay tres clases de lectores:

  • Los más sencillos, que empatizan con las emociones de los personajes.
  • Los intermedios, que recopilan información sobre los personajes.
  • Los avanzados, que reconoen las distintas emociones del escritor.

Cuento de los científicos

Continuando con los tiempos, hay que confiar en los personajes. No adelantar cosas. Dejar que se desarrollen. No aclarar excesivamente.

Por darle importancia a estas cuestiones (tiempos, suspenso, empatía) no olvidar lo central, la versosimilitud, que falla en varios cuentos que se leyeron en clase. Preguntarse con honestidad si realmente la motivación está bien. Se puede mostrar un ámbito (un laboratorio científico) y correr un riesgo (imaginar las motivaciones de un premio o posibles accidentes) sin caer en simplificar la partes oscura de los científicos.

Otra cuestión sobre los tiempos: evitar la linealidad excesiva. No todo es de atrás para adelante. Se puede empezar por el medio.

Evitar los “sintagmas cristalizados” = frases hechas.

Cuento del periodista y el mafioso

Cuidado con el tono. Es una conversación telefónica o están cara a cara?

Escuchamos parejo a ambos protagonistas, o el periodista parece dentro de una cámara subterránea? No está en el relato dónde se sienta, qué hizo. Puede no estar lo que dijo: A veces el narrador muestra un único punto de vista.

De nuevo, no explicarle demasiado al lector.

Cuento de Denise

Si hay sucesivos climas mentales densos superpuestos, eso dificulta el entendimiento.

En esos casos ponerle más detalles materiales concretos.

No decir lo que pasa, dejar que pase.

Ojo con el exceso de adjetivos y con el uso de ciertas palabras: “el mismo”, “susodicho”, “lo dicho”; es mejor repetir.

Párrafo de Las Babas del Diablo (Cortázar)

“Seamos justos, el chico estaba bastante bien vestido y llevaba unos guantes amarillos que yo hubiera jurado que eran de su hermano mayor, estudiante de derecho o ciencias sociales; era gracioso ver los dedos de los guantes saliendo del bolsillo de la chaqueta. Largo rato no le vi la cara, apenas un perfil nada tonto —pájaro azorado, ángel de Fra Filippo, arroz con leche— y una espalda de adolescente que quiere hacer judo y que se ha peleado un par de veces por una idea o una hermana. Al filo de los catorce, quizá de los quince, se lo adivinaba vestido y alimentado por sus padres pero sin un centavo en el bolsillo, teniendo que deliberar con los camaradas antes de decidirse por un café, un coñac, un atado de cigarrillos. Andaría por las calles pensando en las condiscípulas, en lo bueno que sería ir al cine y ver la última película, o comprar novelas o corbatas o botellas de licor con etiquetas verdes y blancas. En su casa (su casa sería respetable, sería almuerzo a las doce y paisajes románticos en las paredes, con un oscuro recibimiento y un paragüero de caoba al lado de la puerta) llovería despacio el tiempo de estudiar, de ser la esperanza de mamá, de parecerse a papá, de escribir a la tía de Avignon. Por eso tanta calle, todo el río para él (pero sin un centavo) y la ciudad misteriosa de los quince años, con sus signos en las puertas, sus gatos estremecedores, el cartucho de papas fritas a treinta francos, la revista pornográfica doblada en cuatro, la soledad como un vacío en los bolsillos, los encuentros felices, el fervor por tanta cosa incomprendida pero iluminada por un amor total, por la disponibilidad parecida al viento y a las calles.”

Comienzo de “Los Adioses” (Onetti)

“Quisiera no haber visto del hombre, la primera vez que entró en el almacén, nada más que las manos; lentas, intimidadas y torpes, moviéndose sin fe, largas y todavía sin tostar, disculpándose por su actuación desinteresada. Hizo algunas preguntas y tomó una botella de cerveza, de pie en el extremo más sombrío del mostrador, vuelta la cara —sobre un fondo de alpargatas, el almanaque, embutidos blanqueados por los años— hacia afuera, hacia el sol del atardecer y la altura violeta de la sierra, mientras esperaba el ómnibus que lo llevaría a los portones del hotel viejo. Quisiera no haberle visto más que las manos, me hubiera bastado verlas cuando le di el cambio de los cien pesos y los dedos apretaron los billetes, trataron de acomodarlos y, en seguida, resolviéndose, hicieron una pelota achatada y la escondieron con pudor en un bolsillo del saco; me hubieran bastado aquellos movimientos sobre la madera llena de tajos rellenados con grasa y mugre para saber que no iba a curarse, que no conocía nada de donde sacar voluntad para curarse.”

(…)

“Eran dos los tipos de sobres que le importaban. Uno venía escrito con letra de mujer, ancha, redonda, con la mayúscula semejante a un signo musical, las zetas gemelas como números tres. Los sobres, los que lo hacían obedecer a Gunz y trepar al ómnibus, eran también, visiblemente de mujer, alargados y de color madera, casi siempre con un marcado doblez en la mitad, escritos con una máquina vieja de tipos sucios y desnivelados.
Estábamos a mitad de primavera, desconcertados por un sol furtivo y sin violencia, por noches frescas, por lluvias inútiles. El enfermero subía diariamente al hotel, con su perfeccionada sonrisa animosa, sus bromas y el maletín cargado de ampollas; las mucamas bajaban con frecuencia al almacén para encargar provisiones para la despensa del hotel o para comprarse cintas o perfumes, cualquier cosa que no podía demorarse hasta el paseo semanal a la ciudad. Hablaban del hombre porque durante muchas semanas, aunque llegaron otros pasajeros, continuó siendo “el nuevo”; también hablaba el enfermero, porque necesitaba adularme y había comprendido que el hombre me interesaba. Vivía en el garaje del almacén, no hacía otra cosa que repartir inyecciones y guardar dinero en un banco de la ciudad; estaba solo, y cuando la soledad nos importa somos capaces de cumplir todas las vilezas adecuadas para asegurarnos compañía, oídos y ojos que nos atiendan. Hablo de ellos, los demás, no de mí.”