Tag: Bernardo de Irigoyen (page 1 of 2)

Afuera

Voy a sacar la basura al quemador y sucede lo que tantas veces temí: me quedo afuera del departamento, sin llaves. Es un instante, una mano vacilando con la llave, otra con la bolsa, la mente en alguna iteración perdida, y pasa esto. Miro alrededor. En el edificio de Bernardo de Irigoyen de mi niñez quedarse fuera signfica verse rodeado de toneladas de mármol y metal, tal fue el despropósito de los arquitectos portugueses. Quienes plantaron un edificio de Recoleta en Constitución no tuvieron problemas en despilfarrar en el hall. Me recuesto en la baranda de la escalera y miro fijamente los tres departamentos con sus  rombos de mármol y sus letras indicativas junto a sus correspondientes puertas en un silencio que podría durar años. Toco timbre en lo de Juanita y en lo de Irasusta: previsiblemente, nada. Todo está en silencio, no llega ruido alguno de la calle. Estoy en traje gris y en ojotas, asimétrico en formas pero relativamente a salvo. Subo un par de peldaños y me siento a esperar.

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Constitución

Si hubiera alguien a quien hablarle, le diría que esta vez soñé en colores. Añadiría que para compensar las usuales tinieblas, la acción transcurría bajo tierra. Imagino gestos de incredulidad. Debería terminar de aclarar que en mis sueños todo ocurre de noche. No hay luces naturales o artificiales; esto lo atribuyo a mi feroz miopía original que persiste décadas después, reclamando el lugar que ha perdido en la vigilia. En mis sueños cada objeto emite un resplandor muy débil que alcanza para nutrir los contornos y poco más. Pero esto exige que con frecuencia deba acercarme a cada letrero, cada detalle, cada rostro, para que ese pequeño fulgor, que se atenúa muchísimo con la distancia, me sirva de algo. Esto cansa, e invariablemente -al revés que en la vigilia- el continuo acercarse a los objetos para verlos mejor hace que me despierte aún de sueños interesantes, y que me despierte con fastidio, culpando a viejas miopías de nuevos insomnios.

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Malvinas, 30 años después

Desde hace unos días, tal vez alentado por el tono triunfalista del gobierno argentino acerca de Malvinas, tenía ganas de revisar mis papeles de aquella época y confirmar una presunción probablemente errada, la de que en mi adolescencia ya tenía todo claro. La pretensión de coherencia es mi mejor cruzada absurda. Supongo que tenía ganas de escribir algo profundo y definitivo que fuera un resarcimiento personal y una abominación definitiva del gobierno. Pararme yo en los pedales de mi entendimiento definitivo de la vida, y avisarle a los periodistas dónde estaba el camino. Una boludez.

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Mails, bicentenario y azar


Buceo en las profunidades del inbox de mi cuenta en Yahoo! a poco de volver de los festejos por el Bicentenario argentino, sobre los que me siento bastante ajeno. No puedo switchear a GMail del mismo modo en que me cuestan otros cambios, pero la nueva versión del viejo correo me permite scrollear rápido por años buenos y malos.

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Harrods

La foto publicada hoy por La Nación me hizo pensar en que la belleza no tiene color ideológico ni signo político; que merece ser preservada, pero que otras veces decide autopreservarse, haciendo casos omiso de lo que haga la gente a su alrededor.

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El óvalo infernal y Ernesto Sábato

Ayer estaba haciendo pasadas de 800 metros en el Óvalo Infernal de Figueroa Alcorta y Dorrego, a esa hora en que la luz oblicua proyecta un verde tipo Tommyknockers en los árboles. La concurrencia de hechos absurdos -semáforos de gran bondad que impedían el tráfico, dos jinetes jugando un polo berreta al otro lado de Alcorta, la certeza de que el género humano no existía durante mi corrida- devinieron en dos sensaciones. Una, que ese óvalo tiene más de 800 metros. La otra, que tenía ganas de escribir algo sobre Sábato.

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