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Curso “Suspenso” (Ariel Dilon) – Biblioteca Nacional

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Índice

  • Clase 1: colgando de un hilo, con McEwan y Hardy
  • Clase 2: los oráculos en Calderón de la Barca, Shakespeare, Nabokov, Dixon
  • Clase 3: Conrad y el equilibrio entre personajes
  • Clase 4: recapitulación
  • Clase 5: la demora en Borges y Melville
  • Clase 6: lo que no se dice. Duras, Onetti, Bioy Casares.
  • Clase 7: ejercicios y recapitulación
  • Clases 8 y 9: lecturas de cuentos, Onetti, Cortazar

Clase 1: Ian McEwan y Thomas Hardy

“Antes de ser la marca específica de un género, el suspense es el principio organizador de casi toda la narrativa, su recurso natural para mantener en vilo el interés del lector y anudar su empatía con la fortuna de los personajes o el narrador de un texto.

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Bakelula

Elephant-Castle

El viaje venía bien. Ya había pasado la conferencia en Dublin en el Trinity College, con ese balance entre entender a otros y dar a conocer la publicación propia. Al final de cada ponencia no se aplaudía, sino que se golpeaba con los nudillos los pupitres de madera: mínimos repiqueteos de espartana gloria académica. El resto del tiempo admiré la cama con dosel del Davenport Hotel, vi gente nadando en el helado río Liffey, y me emborraché en los bares de rigor. Conservo esa imagen de Dublin: el Temple bar atestado de hinchas de fútbol en celebraciones fraternas e inestables.

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Afuera

Voy a sacar la basura al quemador y sucede lo que tantas veces temí: me quedo afuera del departamento, sin llaves. Es un instante, una mano vacilando con la llave, otra con la bolsa, la mente en alguna iteración perdida, y pasa esto. Miro alrededor. En el edificio de Bernardo de Irigoyen de mi niñez quedarse fuera signfica verse rodeado de toneladas de mármol y metal, tal fue el despropósito de los arquitectos portugueses. Quienes plantaron un edificio de Recoleta en Constitución no tuvieron problemas en despilfarrar en el hall. Me recuesto en la baranda de la escalera y miro fijamente los tres departamentos con sus  rombos de mármol y sus letras indicativas junto a sus correspondientes puertas en un silencio que podría durar años. Toco timbre en lo de Juanita y en lo de Irasusta: previsiblemente, nada. Todo está en silencio, no llega ruido alguno de la calle. Estoy en traje gris y en ojotas, asimétrico en formas pero relativamente a salvo. Subo un par de peldaños y me siento a esperar.

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Vórtice de tiempo en calle Humboldt

humboldt

En el borde entre Villa Crespo y Chacarita las cuadras caen a pique, como si un gigante hubiera blandido un hacha sobre esta parte de la ciudad. Las calles corren entre las manzanas como hendiduras paralelas a la vía, y entre ellas sopla hoy un viento que parece  venir del pasado. Hace un frío increíble. Ocurren varios milagros a la vez: en la cortada de Humboldt hay lugar para estacionar, no pasan autos ni gente , hay un Peugeot 404 blanco descapotable tirado en la calle, y todo está en silencio.

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No vienen solas (Octubre de 2006)

Hay frases hechas. No es que deban significar algo, la gente las dice para amaestrar circunstancias, para domesticar esperas de ascensores con extraños o trámites hondamente aburridos. La gente, por ejemplo, dice que las cosas no vienen solas. Si las ideas son islas de certidumbre, esta frase es un mar de vaguedades que diluye toda esperanza de entender algo. Pero vale el placebo: dicha la frase, la plebe asiente calladamente e irradia un halo de nulidad mineral. En mi caso hubo en pocos días cambio de trabajo, declinación de mi madre en su enfermedad, y mudanza. El mismo día tormentoso que los bártulos eran izados por obreros con sogas temblorosas por el balcón de Santos Dumont –esa imagen conservaré de la mudanza a Chacarita– la internaban a mi vieja. Pocos días después fallecía; y si bien era previsible, el no ser de la enfermedad y de la invalidez es de un tenor menor que el no ser definitivo. Prefiero lo anterior, recordarla en su callada vigencia de cafés y libros. El día que finalizaron sus trámites de cremación era un lunes soleado de octubre. Quise correr e inauguré el nuevo territorio del que disponía, precisamente los alrededores del cementerio de Chacarita.

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Estupor y colores

mostaza merlo

Cuando me quedo pensando en alguna cuestión laboral sin solución y tengo algo de tiempo, salgo a correr por el Trapezoide Infernal de Chacarita, no importa la hora que sea. Aunque el problema no se solucione, el ejercicio te da ideas, tranquilidad de espíritu y algunas calorías menos. Tarde de sol fantástica, otoñal, poca gente. En esto estaba yo, cuando al lado de la senda se abre de golpe la puerta de un Mercedes azul que estaba detenido. La puerta casi me lleva puesto. Me detuve.

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