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La respuesta a los problemas

Paso por este lugar decenas de veces al mes, y seguiré haciéndolo hasta que muera. Es un momento de introspección: cruzar del bar al vestuario y echar (sin hache, por favor) una mirada a los andariveles como quien consulta a un pitoniso acerca del futuro. Dependiendo de la cantidad de gente, del momento del año, y del propio ánimo la nube electrónica se forma y decide con presteza: nadaré poco, mucho, no nadaré. Otro ejemplo? La autoevaluación en el espejo del auto durante la pausa del semáforo, y la respuesta: se es cretino, vale la pena vivir, todo es un gran fracaso. Así funcionan las cosas, así se toma una decisión.

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Como ancla

La batalla de Jamiroquai

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-Dale, dale, dale pibe. Sos socio? Entrá, dale.

El tipo de la entrada me saludó con esa ironía de quien no espera mucho movimiento. El club estaba abierto todavía por un rato: cuando hay recital cierra antes. Los vigilantes propios se mezclan con los de la organización. Recordé aquello de “el security se puso heavy”. Los socios aún iban entrando al club y un camión con remolque amenazaba la pintura de los coches demasiado cercanos al operativo del Quilmes Rock. Hoy tocaba Jamiroquai y me interesaba estar presente en ese limbo de socios yendo un ratito y artistas que no pueden demorar el ensayo.

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Deslizamientos


De este lado de la vida bien al Sur, las noches son más frescas en Enero. Al menos lo son más que ese horno que era esto hace un mes, un fragor que le impedía a uno resetearse durante las noches. Buenos Aires queda con la mitad de su gente, y más allá de la calma del jardín, hay modos para deslizarse hacia el sueño con naturalidad. Puede ser que uno se quede mirando el Abierto de Australia, esa extraña expectativa de mediodías abochornantes en plena madrugada, donde se es estúpidamente feliz mientras el tenista pueda pasar a segunda o tercera ronda, a eso de las dos de la mañana. O se puede disfrutar página a página de “El Barón Rampante” de Italo Calvino, y descubrir que “las empresas que se basan en una tenacidad interior deben ser mudas y oscuras; a poco que uno las declare, o se gloríe de ellas, todo parece fatuo, sin sentido, e incluso mezquino”.

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En el Sívori la vida queda lejos

A la lista de lugares imprescindibles, agrego el bar del Museo Sívori: buen Wi-Fi, se puede comer algo, hay tranquilidad y verde alrededor, y está a 300 metros de la pista de atletismo y la pileta de GEBA.

Algo más, muy interesante: exhibe una serie de ejemplares idénticos de seres humanos cuyo mayor roce con la vida es la problemática del arte. Es un único cluster de mujeres de más de 50, cuyas arrugas parecen provenir sólo de no haber conseguido tickets para la Bohéme en el Colón.

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Alonso en el cielo de los corredores

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Mientras elongábamos en la pista o en el gimnasio de GEBA, Alonso nos contaba historias casi cronopianas sobre cómo era correr hace 50 o 60 años en Buenos Aires. No existía Lugones, se llegaba al río cruzando una vía y un estero, Figueroa Alcorta era un surco apenas transitado. La gente les gritaba cosas desde los autos; parece que correr era cosa de elites en decadencia o de gente “con problemas”. Las mujeres no corrían, eso estaba completamente fuera de la cuestión.

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