Hacía pocos minutos había dejado atrás a Williamsburg. Tenía que reunirme con el Payaso en un bar de  Dumbo («down under Manhattan Bridge», algún creativo mereció su sueldo). Llegué en la bicicleta bastante rápido, en uno de esos días extraños en que el mundo suspendió las presiones. El laburo cabe en la mochila, la mochila va en la bici, y uno se deja llevar por los lugares. Cada tanto salta la cadena, cada tanto uno cambia de laburo. Nada dramático. Sólo que estaba por encontrarme con el Payaso.

A esta altura pocos lo tendrán al Payaso Lugüercio como un mero futbolista. Nada de lo humano le es ajeno, salvo el kirchnerismo -ante el cual retrocede espantado-. Los pocos seguidores del blog recordarán sus teorías . Con el futbol cuántico el Payaso inauguraba nuevos merecimientos futbolísticos. Con sus ideas sobre Uruguay, o los marathones definía grupos humanos. Y con los piqueteros K en las cenizas o la Yanificación del País había anunciado el porvenir. Más que un dudoso puntero izquierdo con bajísimo promedio de gol, era el Pitoniso de La Plata.

Tras un efímero paso por Racing  y Arsenal, había firmado un acuerdo muy libre con el Saratoga Brooklyn, un equipo de tercera división de allá. Cobraba no por partido jugado, sino por gol convertido. Las matanzas con los compañeros en el área eran ya épicas. «Es un final digno» me había anunciado por teléfono.

Logramos una mesa decente en el One girl cookies, lugar a mitad de camino entre declaración de principios adolescente y géiser de homosexualidad. Dice el bueno de Elvio Gandolfo que hay gente que empieza a despedirse ni bien llega. Lugüercio hizo algo parecido, apenas nos habíamos sentado cuando me dijo que los tiempos se estaban acabando allá.

Otoño en Brooklyn es una época exenta de paranoias. Las hojas mudan de color en Prospect Park, la gente espera su Halloween en cómodas cuotas, las elecciones florecen en TV. El «allá» del Payaso era la Argentina, un lugar donde el poder pacta con la prensa titulares fulminantes cada diez minutos. Un Maelström político cada día, un descenso a los infiernos sin Beatrices, una eterna posibilidad peor cada mañana. No, yo no sabía lo que pasaba allá, y de momento no quería saberlo.

«Todos los que se equivocan tienen bigote o barba; Kicillof es la excepción pero tiene patillas, Néstor les dijo en 2003 que había que volver a  los setenta, y ellos no pueden diferenciarse.» Le retruqué con la frase de Perón y los imberbes, pero el Payaso estaba sacado. «Cada día destruyen un par de industrias, son errores infantiles, me fui, la AFIP me dejaba cartas, me sacaban los dólares, no aguantaba más». Ante mi sorpresa se pidió una cookie de fresa.

Yo le quería preguntar por el gol de Messi a Chile y olvidar, pero me dejé llevar por esa vana necesidad de tener razón. Argumenté que hay pelados eficazmente idiotas. Si hasta la misma presidente se había referido hace poco a Cavallo y al ministro español, notorios calvos. El Payaso desestimó mi intento. «Vos no sabés. Te fuiste hace mucho. Es como si se les metiera el pelo para adentro y no pudieran pensar. Y siempre con la moralina, hablando con mayúsculas, cuando en realidad están choreándose todo». Abundó en Sileonis, en Fernandez, en Garrés. «No, el hermano, Nidia no, ella se depila; es boluda, nada más».  En su cosmología, Abal Medina era un contraejemplo extraño. «Tratan y tratan, pero al pendejo no le crece el pelo; no tiene la culpa, es genético.»

Al fin de sus alocuciones siempre había esperanza. Pero no, Lugüercio me miraba con un asombro fingido, a lo Gustavo Bermúdez, en silencio. «Va a reventar como un sapo la loca esa, y los barbudos van a tomar el poder. Y entonces? Y entonces?». Hizo montoncito. En algunas mesas nos miraban.

Tanto peor, pensé. Mi café ya estaba frío y la bicicleta me esperaba amarrada, ya a la sombra. Tenía que ir al Book Court de Brooklyn, tenían copias autografiadas de un libro nuevo y malo de Martin Amis.  Me despedí del  Payaso haciéndole el gesto universal del «7 a 0″ que habitualmente lo hace sonreir. No hubo caso. Me fui pensando que en su locura esta vez no habia genialidad, sino el letargo del apego excesivo a la realidad.